Votar a los 16

La polvareda que levantó la iniciativa de posibilitar que los adolescentes de 16 años tengan opción a votar y su devaluación a medida oportunista deja en las sombras una cuestión de fondo. Que también es política pero no en un sentido partidario sino profundo. En ese que afecta los valores y la ética que cimentan nuestros lazos sociales.

El auge neoliberal y la caída del muro de Berlín son dos acontecimientos que desacomodaron las relaciones entre los estados y los mercados. Se inició entonces un avance del capital financiero internacional que acentuó la dependencia de los Estados hacia los mercados lo que hizo que pierdan soberanía y se vean desestimados en sus cada vez más tímidas funciones reguladoras. Estas cuestiones que parecen muy lejanas a la infancia producen efectos trascendentes tanto en la escuela como en la crianza.

Antes, cuando los estados nacionales eran más consistentes, los padres podían organizar las cosas y eran los que “sabían”. Hoy el padre ficcional más popular es Homero Simpson que representa una figura totalmente devaluada. Y el suelo instituido sólidamente sobre el cual los adultos se asentaban para plantarse ante sus hijos o los hijos de otros, pasó a ser un piso inestable donde nadie hace pie del todo bien.

En un pasado bastante reciente la escuela enseñaba a los chicos como ser buenos ciudadanos y buenos trabajadores o profesionales a futuro. En la actualidad también se fragilizaron enormemente las posibilidades de regular lo que pasa en la escuela. Antes la transmisión de los conocimientos era unidireccional, casi vertical, se moldeaba un chico; ahora los chicos llegan a la escuela sabiendo muchísimas cosas, entonces esa práctica ya no funciona, es necesario pensarla como un ámbito mucho más interactivo, más moduladora que moldeadora.

La escuela se encuentra con chicos que están muy atentos a muchas otras cosas que no tienen que ver estrictamente con la escuela y que ocupan mucho más su interés y su esfera de motivación que lo que la escuela les aporta.
Hay una aceleración de los tiempos y una invasión de la información en un mundo cada vez más tomado por una tecnología instrumentada básicamente por el mercado. Porque tecnología hubo siempre, desde la rueda, el hombre en cuanto hombre siempre esta asomándose hacia lo desconocido, inventando cosas.

Vivimos entonces inmersos en el consumo. Nuestras vidas están coloreadas y musicalizadas por la publicidad. ¿O cuántas de las primeras palabras que un niño emite se las enseñaron en casa? Junto con las canciones de cuna, con los olores y con las voces aparecen las marcas del mercado.

Es imposible soslayar que estamos inscriptos en una sociedad que tiene múltiples estrategias destinadas a generar adultos y también chicos ávidos de consumir y rápidamente insatisfechos. Y vaciados, como los objetos velozmente descartados, de significaciones trascendentes. Esas que, mas allá del espejo en que nos miramos, nos comunican con los otros.

Cada familia tiene la libertad de elegir los caminos educativos que prefiera pero tenemos que tener cierto grado de noción de lo que está pasando. El mundo ha cambiado y lo que antes era la subjetividad ciudadana se ha visto arrinconada por una subjetividad informacional o del consumo.

Hay una función que se ha perdido con el avance de esta subjetividad mediática: es la posibilidad de filtrar responsablemente lo que si no muchas veces se hace carne en quienes todavía no están en condiciones de poder metabolizar. Y que entonces quedan tomados por su cadencia. Basta pensar en como el adjetivo “famoso” aplicado la trayectoria socialmente reconocida en diversas profesiones o actividades se sustantivó. Ahora hay “famosos”. No importa el trayecto sino el punto de llegada. ¿A donde? A las cámaras de los medios.

Así como un lejano acontecimiento de orden político y económico macro cambió muchas cosas, la posibilidad de intervenir desde otro lugar tiene que ver con una conciencia micropolítica. Hay que pensar en otros modos de producirse como persona.

Surgen entonces propuestas ascética sde corte religioso o laico. Una llamada a retirarse de la tecnología y del consumo. Pero aún a sectas tan estrictas como los Amish se les hace casi imposible frenar la presencia de lo actual en sus vidas. No suelen funcionar los retornos bucólicos al campo. E, ilusoriamente, a otro tiempo.

Otra posibilidad, mucho más fructífera sería acercar a nuestros futuros ciudadanos temas y debates que despierten el interés de lo que está más allá de ese narcisismo extendido que propone e impone predominantemente la publicidad.
Paul Virilio subraya que “acabamos por amar lo lejano y odiar lo cercano porque este último está presente, porque huele, porque hace ruido, porque molesta, a diferencia de lo lejano que se puede hacer desaparecer con el “zapping”. Estar más acerca de quien está lejos que de quien está a nuestro lado es un fenómeno de disolución política de la especie humana. La pérdida del propio cuerpo comporta la pérdida del cuerpo de los demás en beneficio de una espectralidad de lo lejano”.[1]

Pero si respetamos aquello de que “abrir puertas” (2) es uno de los mayores méritos de nuestra identidad humana sabremos entonces que no nos es posible volver atrás. Nos toca a nosotros abrir las puertas al futuro o ayudar a otros a hacerlo, abrir a desafíos éticos y de responsabilidad que implican un compromiso de escucha, aprendizaje y participación, es decir político con nuestros jóvenes. Un compromiso que implica esa dimensión estética que supone evitar la recepción de los otros como masa de información sin correlato afectivo, como imagen empobrecida de palabras.
En una de sus últimas caracterizaciones Jack Nicholson da cuerpo a Mr. Schmidt, meticuloso jubilado de una empresa de seguros. Su vida transcurre en una suerte de ensimismamiento narcisista en donde su mujer, que fallece, es para él una suerte de electrodoméstico y su hija, a la que empieza a registrar como persona cuando se casa con alguien que él desaprueba, es un afecto lejano.

En medio de esa “nada” de significaciones Mr. Schmidt comienza a enviar una pequeña remesa de dinero a una organización religiosa que sponsorea niños en el Africa. Pero además, a pedido de una monja, francesa comienza a escribirle a un niño llamado Ndugu, cuya foto recibe, al que su donativo ayuda a alimentarse y escolarizarse. Estas misivas que encabezaba Dear Ndugu, se van convirtiendo, pese a no recibir respuesta,en una especie de diario íntimo en donde progresivamente ve reflejada su intrascendencia. Al regresar de la boda de su hija donde no puede expresar sus sentimientos se da cuenta de que en un tiempo morirá y que ha pasado por el mundo sin dejar su huella, sin hacer algo que establezca alguna diferencia significativa para su gente cercana, ni para él. La película finaliza cuando llega una carta del Africa escrita por la religiosa que sí tiene relación con Ndugu que le cuenta que ella le lee sus cartas al niño de seis años que está muy agradecido pues gracias a su ayuda puede ir a la escuela y piensa, más adelante ir a la universidad. Y que Ndugu le manda un dibujo donde se ve un niñito negro tomado, a través de un lago brazo, de la mano de un señor grande, blanco. Mr Schmidt rompe a llorar.

Ante ese vacío existencial que el consumo no llena, que las religiones sólo a veces palian y las sectas extravían, Ndugu fue el motor de una escritura autorreflexiva, y de un deseo de participación transformadora en la vida de los otros y de dotación de sentido para la suya propia. Pero llegó tarde a la vida de un señor grande. Nosotros todavía estamos a tiempo.

[1] Virilio, Paul y Petit, Philippe: El cibermundo, la política de lo peor. Madrid, Cátedra 1997

(2) Steiner George: Pasión Intacta Siruela Buenos Aires 1997

Fuente de la imagen: Flickr