VERTEX – REINSERCIÓN SOCIAL EN ADOLESCENTES A TRAVÉS DEL PROGRAMA CUIDAR CUIDANDO*

“La enfermedad es una situación. La posición ética no renunciará jamás a buscar en esa situación una posibilidad hasta entonces inadvertida. Aunque esa posibilidad sea ínfima. Lo ético es movilizar para activar esa posibilidad minúscula, todos los medios intelectuales y técnicos disponibles. Sólo hay ética si el psiquiatra, día tras día, confrontado a las apariencias de lo imposible, no deja de ser un creador de posibilidades.” (1)

Alain Badiou

Introducción

El Programa Cuidar-Cuidando es un dispositivo de reinserción social que lleva adelante, desde hace mas de quince años, una práctica interdisciplinaria e interinstitucional. Es posible que esta lectura sea, para muchos, el primer encuentro con un dispositivo que reúne niños y jóvenes, además de cuidadores del Zoológico y animales, sostenido por un equipo también interdisciplinario e interinstitucional. (5)
Desde nuestra práctica en él siempre hemos planteado la necesidad de articular la cura con la reinserción social por lo que el Programa se propone favorecer no sólo una recuperación clínico-psiquiátrica sino también la producción cambios en el modo de lazo social de los niños y jóvenes que en el participan. Para lo cual fue necesario inventar un afuera trancisional, armar un puente hacia allí, generar una ocupación con sentido y no desgajar la cura de la reinserción social.
A través de Cuidar-Cuidando niños y jóvenes derivados del Hospital de Centros de Salud y Hospitales de Día del GCBA y de los CENTES concurren entre una y cuatro veces a la semana al zoo donde dejan su posición de pacientes para pasar a desempeñarse como aprendices de cuidador del zoo. Comenzamos con adolescentes y hace 6 años se incorporaron chicos de 6 a 12 años a raíz de sus insistentes pedidos pues pese a que aún no podían trabajar con un cuidador igual querían venir. En total han pasado en más de quince años por el Programa casi 500 chicos y jóvenes de los cuales 8 fueron contratados en diversos puestos por el jardín. Los más chicos concurren en grupo y podríamos decir que juegan a que son granjeros. El eje de su praxis es una conexión lúdica con los animales que favorece, de un modo transicional, el lazo social con sus pares. Reparten su tiempo entre los corrales, la plaza de juegos y una merienda compartida.
Los adolescentes, en cambio, asumen responsabilidades sobre animales y zonas de trabajo, y la vinculación más fuerte es con el cuidador y los saberes que éste transmite. Los animales son mas bien intermediarios y si bien lo lúdico impregna su quehacer ellos ya no vienen a jugar, vienen a aprender un oficio. Actualmente estamos conformando un grupo intermedio de entre 12 y 14 años que integran quienes están despidiéndose del “como si” y comenzando a considerar su actividad como algo que es “en serio”.

Cuidadores y aprendices

“En este lugar todo encuentro casual es una entrevista”
Graffiti, Servicio de Internación

En el zoo los chicos y jóvenes no son pacientes. Formalmente hablando, no son objeto de ningún quehacer terapéutico, lo que no quita que su propio quehacer produzca efectos terapéuticos. Ellos tampoco son alumnos. En tanto aprendices son sujetos de una práctica que se funda en el rescate de su curiosidad y de sus posibilidades de establecer nuevos modos de lazo social. Con ese saber intentarán descifrar, alimentar y cuidar a esos otros tan distintos: los animales. Nuestra apuesta es que los despliegues y la sensibilidad emergentes de ese nuevo posicionamiento en algún momento puedan ser volcados sobre sus propios enigmas.
Claro que el proceso de incorporación al Zoo bien podía ser un mero injerto y no un dispositivo de reinserción que apunta a la integración social. Ni el lugar “per se” ni los animales garantizan una práctica subjetivante e integradora. El zoo podría ser un lugar de explotación o, en el mejor de los casos, un taller protegido. Sin embargo, un cartel del recinto de los elefantes nos dió pie para elaborar un planteo diferente. Allí se sugiere al público que busque a Roberto, el cuidador responsable del sector. Dice el texto que él es, a su vez, hijo de cuidadores. Y estimula a los visitantes a preguntarle porque -dice- “tiene muchas cosas que contar”.
Si bien presumíamos que a los chicos les hacen falta los cuidadores lo que fuimos descubriendo es que también a los cuidadores “les hacen falta” los chicos. Porque no se trata de bonhomía, o de amor solamente. Hay una co-implicación mutua. Y el punto de encuentro, que no es una entrevista, anuda la curiosidad infantil por un lado con el deseo de trascendencia del otro armando una suerte de filiación a un linaje de trabajadores. Un linaje exogámico generado en el marco de una “sociedad” entre cuidadores y jóvenes que si bien es de responsabilidad limitada, nunca es anónima. (24)
La incorporación de chicos y jóvenes al Programa es una propuesta, no una imposición. No los trae la obligación los sostiene la curiosidad. Una curiosidad despertada por lo diferente, lo distinto. Lo otro, esa alteridad que los animales presentan y que la relación con los cuidadores permite. Nos preocupó siempre respetar esa dimensión extranjera a nuestros dominios evitando un proselitismo “psi” sobre los cuidadores o convertir a los animales en mascotas. Resocialización no es domesticación es, en todo caso re-totemización. Para eso nada mejor que el zoo, un lugar de infancia. Para nosotros, otro de los nombres de la infancia.

¿Porqué los animales?

“¡Oh, Flush!”, dijo Miss Barret. Por primera vez lo miró ésta a la cara. Y Flush también miró por primera vez, a la dama que yacía en el sofá.
Se sorprendieron uno al otro. A Miss Barrett le pendían a ambos lados del rostro unos tirabuzones muy densos; le relucían sus grandes ojos y su boca grande sonreía. A ambos lados de la cara de Flush colgaban sus espesas y largas orejas; los ojos también los tenía muy grandes y brillantes y la boca muy ancha. Existía un cierto parecido entre ambos. Al mirarse pensaba cada uno de ello lo siguiente: Ahí estoy…y luego cada uno pensaba: Pero, ¡qué diferencia! La de ella era la cara pálida y cansada de una inválida, privada de aire, luz y libertad. La de él era la cara ardiente y basta de un animal joven: instinto, salud y energía. Ambos rostros parecían proceder del mismo molde, y haberse desdoblado después; ¿sería posible que cada uno completase lo que estaba latente en el otro? Ella podía haber sido…todo aquello; y él…Pero no. Entre ellos se encontraba el abismo mayor que puede separar a un ser de otro. Ella hablaba. El era mudo. Ella era una mujer; él un perro. Así unidos estrechamente, e inmensamente separados se contemplaban.” Virginia Woolf-Flush

Una lectura desde el psicoanálisis puede situar al animal como una alteridad relativamente amigable, siempre azarosa y muchas veces juguetona. (19) Cálida y tierna, típicamente los conejitos, o fría, feroz: los reptiles, los que no se hacen amigos de nadie. Pero una alteridad viva al fin. A diferencia de la alteridad tecnológica, los animales alimentan el juego, no la programación. Y para niños y jóvenes con graves dificultades, con respuestas estereotipadas y muchas veces automatizados, una conexión lúdica con los animales rescata, potencia o aún produce que en ellos hay de cachorro y los aleja así del autómata.
William Tuke fue pionero en el tratamiento de pacientes mentales sin métodos coercitivos en New York en 1792. Luego en 1867 en Bielefeld, Alemania se trabajó con animales en la rehabilitación de cuadros de epilepsia. En este siglo Eric Stordahl, un músico ciego, los incluyó en un trabajo de estimulación para discapacidades motrices en Noruega en 1966. (20) En los últimos años se ha producido un creciente reconocimiento de la importancia de la relación con los animales y del impacto que la misma produce en la subjetividad de quienes entran en contacto con ellos. En muchas enfermedades físicas o situaciones de marginación y soledad la comunicación, el contacto y la experiencia de relacionarse con animales es muy enriquecedora. Y ello sin suplantar los abordajes imprescindibles y sin que implique un detrimento en el cuidado y respeto que merecen.
Las experiencias de esta índole se suelen difundir bajo la denominación abarcativa de “zooterapias”. Un nombre decididamente simpático, “entrador” pero que tiene el grave defecto de confundir la función el animal convirtiéndolo en terapeuta o co-terapeuta y atribuyéndole misteriosos saberes. Boris Levinson, psicólogo estadounidense presentó un trabajo pionero en el congreso de la American Psychological Association de 1961 titulado: “El perro como co-terapeuta. Levinson relata como, en 1953, llegó a considerar que su perro Jingles podía colaborar en sus tratamientos.”Una mañana temprano, Jingles estaba echado a mis pies en mi despacho mientras yo escribía, cuando sonó el timbre. Jingles me siguió hasta la puerta donde recibimos a una madre y su hijo muy alterados varias horas antes de su visita. El niño había pasado ya un largo proceso terapéutico sin éxito. Le habían prescripto hospitalización. A mí me visitaban para que emitiera mi diagnóstico y decidiera si admitía como paciente al chico que mostraba síntomas de retraimiento creciente. Mientras yo saludaba a la madre Jingles corrió hacia el chico y comenzó a lamerle. Ante mi sorpresa, el muchacho no se asustó sino que abrazó al perro y comenzó a acariciarlo. Al final de la entrevista expresó su deseo de volver a jugar con el perro. Durante varias sesiones jugó con el perro, aparentemente ajeno a mi presencia. Sin embargo mantuvimos varias conversaciones durante las cuales estaba tan absorto con el perro que parecía no escucharme, aunque sus respuestas eran coherentes. Finalmente una parte del afecto que sentía por el perro recayó sobre mí y fui conscientemente incluido en el juego. Lentamente logramos una fuerte compenetración que posibilitó mi trabajo. Parte del mérito de la rehabilitación hay que dárselo a Jingles, que fue un co-terapeuta muy entusiasta”. Años después recuerda que despertó poco interés y muchas bromas. “Me preguntaban si el perro compartía mis honorarios”. Inclusive: ”hablaban de mí como co-terapeuta del perro”. (14)
Hoy las cosas han cambiado. Hay en el mundo y también aquí muchas experiencias de trabajo con animales que tienen diferentes perspectivas y sustento teórico. Numerosos y bien fundamentados trabajos llevados adelante por equipos inter y transdisciplinarios fueron presentados en un reciente Congreso (7 ) y se está organizando un Foro Universitario que se propone elaborar un marco legal para estas prácticas.
No es extraño, sin embargo, que se espere mucho de los animales. Una atribución desmesurada que suele ser fuente de esperanza ante el descrédito en que ha caído la palabra y muchas prácticas terapéuticas llevadas adelante por humanos. No es nuestra posición. Tampoco la de Aaron Katcher, un psiquiatra entusiasta de las posibilidades terapéuticas del contacto con animales quien es terminante al respecto: “Es ficticio creer que un perro nos enseña algo, tanto a nosotros como a nuestros hijos. La información que nos hace cambiar se imparte con palabras, y el perro no tiene palabras. No estoy diciendo que el perro no puede ser un estímulo para entender (…) Sin embargo esta enseñanza se consigue cuando el estímulo se traduce en palabras. El perro no enseña responsabilidad a un niño; los padres le enseñan responsabilidad utilizando al perro como un estímulo o como una recompensa. Un perro no enseña a un niño lo que es la muerte, el perro se muere. El niño se siente triste y aprende mediante charlas la traducción de la experiencia en palabras. El perro puede excitar o proporcionar imágenes que estimulan el aprendizaje, pero el perro no enseña nada, excepto los simples juegos que uno aprende a jugar con ellos” (12)
Si bien los animales no pretenden enseñar nada se puede aprender de ellos, incluso mucho más que simples juegos. Siempre y cuando no los sobrecarguemos con nuestras expectativas y evitemos convertirlos en un ilusorio refugio ante un descreimiento en lo humano o en tapón para nuestras angustias. Regalar a un perro a un niño que perdió un ser querido puede aliviarlo y alegrar su vida, pero no le ahorra el trabajo de duelo. Por sí solos los animales son fuente de posibilidades y efectos. Pero para convertir estas vivencias en experiencias enriquecedoras, en fuentes de subjetivación hace falta una palabra que, en sintonía con lo vivido y sin pretender agotarlo, lo haga apropiable. Aún en el caso de los caballos que inducen un estímulo corporal intensísimo en quienes practican equinoterapia, sólo la presencia y las intervenciones de los equipos interdisciplinarios que sostienen estos dispositivos convierten lo estimulante y provocador de una vivencia en una experiencia con efectos terapéuticos o re-habilitadores.
En nuestro país se están desarrollando experiencias diversas en instituciones pertenecientes al ámbito público, al medio privado, que se efectivizan como emprendimientos mixtos o son llevadas adelante por instituciones no gubernamentales. Las mismas pueden dividirse tentativamente en tres grupos: a) las terapias asistidas con animales, b) los dispositivos de reinserción social que funcionan en granjas o zoológicos y c) los animales en diversas funciones sociales como lazarillos, como animales de compañía en instituciones hospitalarias, de salud mental y geriátricas o en tareas de rescate de víctimas
El primer grupo de experiencias reciben el nombre de “terapias asistidas con animales.” En inglés la denominación más aceptada es terapia facilitada por animales, cuya sigla es AFT. Se desarrollan en marcos institucionales y son sostenidas por equipos interdisciplinarios. Los animales, cuidadosamente entrenados, son en ellas agentes y mediadores de efectos y afectos. Caballos y perros son los más frecuentemente empleados. Ejemplos de estos dispositivos son el Servicio del Hospital Pedro de Elizalde o la Fundación Establo Terapéutico.
Además de su lugar en las terapias asistidas, los animales cumplen un rol fundamental en diversos dispositivos que favorecen la reinserción social a través del aprendizaje y el trabajo en medios educativos o laborales. Tal es el caso de las granjas terapéuticas como la Asociación de Padres de Niños Aislados, la Estación de Cría Animales Silvestres o el Programa Cuidar-Cuidando que se realiza en el Zoo.
Un tercer tipo de experiencias surge de lo que hemos llamado “función social de los animales”. Ellas se fundan en los efectos de su compañía en pacientes psiquiátricos, deprimidos o convalecientes de enfermedades graves.(11) En EEUU hay numerosas experiencias en instituciones para ancianos (3) e incluso en prisiones con muy variados resultados (10) Dentro de las funciones sociales está también la de los lazarillos o los perros que participan de tareas de rescate.
El Programa Cuidar –cuidando ofrece una alternativa diferente que en palabras de Katcher: “Uds. tratan de des- institucionalizar a los jóvenes y mientras que nosotros terminamos institucionalizando a los animales”. (13)
Freud decía que el hombre era un animal protésico. Que sólo a través de sus creaciones podía conectarse con el mundo que lo rodea. (9) Los perros lazarillos son ejemplo de animales cubriendo funciones humanas ausentes. Pero hay una importante diferencia entre este lugar de complemento, de lo ausente y necesario, de la función de suplemento que cumplen los animales en las terapias asistidas, en las situaciones donde acompañan o en los dispositivos de resocialización como las granjas o el zoo. Ellos reemplazan algo faltante (cercanía humana u oferta lúdica por ejemplo), pero además agregan a ese lazo social mucho más que lo ausente. Van más allá de tapar una carencia, aportan algo nuevo que enriquece la vida de quienes entran en contacto con ellos.
Hace ya muchos años, en la pared del Servicio de internación un adolescente escribió: “En este lugar todo encuentro casual es una entrevista”. Esto no ocurre en el lazo humano animal. Tal vez porque su pregnancia actual esta relacionada con un mundo, el urbano post-moderno que mayoritariamente habitamos, donde las posibilidades de hacer experiencia van siendo expropiadas y donde la nota singular de cada quien no suele hallar pentagramas donde inscribirse. En él, los animales aún ofrecen la posibilidad de un modo de contacto “fuera de serie”. Matriz posible de una experiencia singular si, extrayendo alguna lección del graffitti, favorecemos una apropiación no tecnocrática de lo vivido. El encuentro con un animal no es una entrevista.

Meter el perro

Entonces, ¿se trata de una zooterapia?. No. Nunca se trató para nosotros de meter el perro ni de abrevar en el descrédito de la palabra. El contacto con animales debería respetar gustos e individualidades. No se trata de una indicación universal. Tampoco es cuestión de imponerles el zoo, la granja o los caballos. Sólo si los niños o jóvenes desean estar con animales y si ellos representan algo significativo para su subjetividad el contacto con ellos será eficaz. No es una “técnica” ni se puede pautar en general. No es en serie, se trata de respetar a rajatabla la singularidad de cada quien. Y de respetar al animal en tanto alteridad.
No se trata de una indicación universal. Tampoco es cuestión de imponerles el zoo, la granja o los caballos. Sólo si los niños o jóvenes desean estar con animales y si ellos representan algo significativo para su subjetividad el contacto con fieras, reptiles o mascotas será eficaz. No es una “técnica” ni se puede pautar en general. No es en serie. Claro que se puede seleccionar y entrenar perros o caballos para favorecer el contacto y limitar el riesgo. Pero la idea no es poner de modo esquemático y estandarizado a los autistas con conejos o a los revoltosos con tortugas. Se trata de respetar a rajatabla la singularidad de cada quien. Y de respetar al animal en tanto alteridad. Esto les posibilita ser protagonistas de una experiencia de la que pueden apropiarse.
Un ejemplo puede facilitar la comprensión de este planteo. En un Jardín de Infantes de Boudeaux, Francia, se incluyeron animales en la actividad cotidiana de los niños. Un perro y un gatito favorecieron el aprendizaje de algunas palabras en niños con dificultades en su comunicación. Entre ellos se encontraba Betsabé, una niña de tres años y medio que padecía de un cuadro marcadamente autista para quien estos animales no fueron estímulo alguno. A pesar de todas las incitaciones la niña sólo se conectaba con objetos, no miraba a los ojos a ninguno de los niños o docentes y emitía sólo sonidos ininteligibles. Un día, de manera casual, una paloma emprende el vuelo delante de sus ojos. Alguien advierte una reacción en ella y la filma. Betsabé sonrió durante los momentos en que siguió con su vista el vuelo de la paloma. Comenzó a imitar el aleteo, se ruborizó y comenzó a emitir sonidos diferentes con intención de comunicarse con el ave. A partir de ese momento empezó a mirarla, a hacerle caricias y la besó. Esto la llevó a registrar al perro a quien también, recién ahora, intentó acariciar. Un profesor comenzó a acompañar este proceso en el que ella despuntó un enorme interés por imitar los gorjeos y por cantar. Betsabé depuró sus onomatopeyas, comenzó a hablar, y participó de una actividad grupal con otros chicos a quienes saludaba con un beso. Poco después dijo, por primera vez “mami”.
La coordinadora de este proyecto, Ange Condoret, respetó los tiempos y afinidades de la niña y esperó que en ella se despertara, azarosamente, una curiosidad hasta entonces ausente. De la relación con lo inanimado Betsabé pudo aventurarse al contacto con lo vivo y de allí, con la mediación de las intervenciones y las palabras de otros, a configurar una experiencia y un deseo de hablar. (6)
El lazo que establecen los chicos con los animales no sigue los patrones de otros vínculos. Si se crean condiciones, ese contacto abre grietas, derrite corazas y derriba murallas. Entre ambos surge un mundo enormemente enriquecedor para un chico con serias dificultades en la conexión con otros. A través de ese lazo “fuera de serie” pueden entrar en contacto, curiosidad mediante, con eso otro, también suyo, puesto allí. Y permitir entonces el ingreso de lo rechazado, descifrarlo, admitirlo como propio, producir algo nuevo y ponerle palabras al gruñido o al silencio.
Los dibujos de Tomás, un jovencito con Síndrome de Asperger atendido por los colegas Casa Cuna ilustran lo que pretendo transmitir. (15) En un primer garabato una especie de denso espiral, como una muralla, rodeaba un gran centro hueco, en blanco. Un año después, luego de estar en contacto con Key, la perrita con la que cuentan en el dispositivo, el centro de un segundo dibujo realizado sobre una matriz semejante está ocupado por una regordeta y peluda silueta de su nueva amiga. A su alrededor se arremolinan personajes familiares y una casita. Key pasó a ocupar ese lugar antes vacío como efecto de una colosal supresión de afectos y palabras.
Bruno Bettelheim describió el autismo como una “fortaleza vacía”. (2) Key fue el “caballo de Troya” con el que el equipo pudo desembarcar en el acorazado mundo de Tomás y, desde allí, criteriosamente, plasmar intervenciones que lo ayuden a diseñar nuevos modos de lazo social con otros y de intimidad consigo mismo.
Las prácticas con animales incorporan nuevos espacios comunitarios y nuevos “personajes” (cuidadores y animales) al campo de la salud mental, sin que debamos pretender por ello anexarlos a nuestros dominios. Porque en tal caso dejarían de ser un afuera, y el proceso allí desplegado quedaría entonces teñido de ortopedia. Allí tratamos, que re-socializar no se convierta en domesticar. Para eso es esencial que la experiencia transcurra en un espacio público, exogámico, no en uno doméstico. Y que en él los niños y jóvenes no sean posicionados como pacientes, sino como aprendices de un nuevo “oficio”, el de cuidar a otros, el de cuidarse en otros. Si este aprehender es impulsado por la curiosidad y no por la obligación, si en lugar de funcionar en serie, respeta la singularidad, aunque se trabaje en grupo, entonces esa inserción, que corre el riesgo de todo injerto, puede prender. Hasta retoñar. Y con ese nuevo bagaje los niños y jóvenes podrán encontrar un nuevo lugar en la historia y encontrarse, en alguna esquina del futuro, en mejores condiciones de conjurar los fantasmas del pasado y animarse a conjugar el porvenir.

Creación de Alternativas

“Si el médico puede, entonces, vigilar la locura no es tanto porque lq conozca sino porque la domina”
Historia de la sexualidad M. Foucault

Actualmente muchas experiencias de rehabilitación en salud mental en la infancia y la adolescencia se proponen un desplazamiento del interés desde los factores meramente individuales hacia los factores comunitarios que inciden positivamente en el proceso de la cura. Es decir, que es la comunidad misma la que colabora en la creación de ambientes promotores de salud dando lugar a una perspectiva multidisciplinaria en el estudio de los problemas y las estrategias de intervención.
Las estrategias desarrolladas en áreas comunitarias “no ortodoxas” (por ejemplo: plazas, jardines zoológicos, micro emprendimientos, etc.) tienden a implementar métodos alternativos así como formar operadores de salud (por ejemplo los cuidadores del zoo) capaces de desarrollar una práctica no tradicional e intervenciones no comvencionales que apuntan a reestablecer un modo de lazo perdido o a instaurar uno nuevo.
Estos dispositivos alternativos (17) se basan, justamente, en dos elementos: la integración social y la recuperación de espacios no convencionales. Los dispositivos de este tipo no se proponen, ni deben leerse, como excluyentes. En el caso de Cuidar-Cuidando el programa se realiza desde una institución pública de la ciudad como el Hospital Carolina Tobar García donde coexisten diferentes modos de práctica e intervención, diferentes “corrientes de la vida institucional”. Así lo asilar, lo tecnocrático y lo alternativo (21) son parte de una heterogeneidad constitutiva de las instituciones del campo. La articulación con el “afuera” permite que se abran diversas formas de ayuda que la propia comunidad puede ofrecer atenuando una perspectiva exclusivamente médica con el consiguiente “hospitalocentrismo” que suele traer aparejada.
Al inscribir las prácticas extramurales en espacios no convencionales se atenúan los efectos que la institucionalización suele imprimir. La internación supone una dimensión custodial con la consecuente segregación y marginación social avalada por prácticas que por su raigambre asilar acentúan las diferencias que la patología “per se” genera. Esto dificulta el retorno a la vida social que nunca es sencillo. Sobre todo en una época donde la crítica a la institucionalización coexiste con la necesidad de crear alternativas que “alojen” y contengan hospitalariamente a quienes quedan desafiliados y excluídos de los beneficios de una integración social plena.
El avance de la desprotección generada por la marginación social, la precarización laboral y la des-ciudadanización, ha generado una sociedad cada vez más polarizada, situación desde la que los dispositivos aportan una inclusión social diferenciada que a veces favorece pero otras obstaculiza una integración social plena (que no es lo mismo).
Desde el psicoanálisis es posible pensar estas prácticas que sin ser psicoanalíticas se enriquecen con los aportes “psi” y enriquecen, a su vez, la práctica institucional de los psicoanalistas que podemos aportar a la creación de respuestas más ajustadas que, sin desproteger, integren, responsabilicen y ciudadanicen. (22)

El desafío institucional

Gabi, un jovencito psicótico a quien su maestra intentaba explicarle algo con mucha insistencia se levantó, exasperado, de su asiento y escribió en el pizarrón: ”acoso textual”. Rato después se quejaba por estar en lo que definió (para horror de sus docentes) como una “típica institución educativa”. A Gabi podría pasarle lo que a Juan Ortiz, maestro de poetas, quien se preguntaba: “¿Solo esto es cierto, sólo esto…?” Se nos convoca a estar más cerca del invento que de la serie, aún a riesgo de caer en garras de la omnipotencia. Pero también a escuchar. Un pacientito en los albores de Cuidar-cuidando no podía incorporarse por su corta edad al trabajo con un cuidador. Su insistencia nos llevó a rediseñar la tarea e incluir el espacio de granja para los más pequeños.
Proceder de este modo implica el diseño de praxis subjetivantes, de creación de sí, “que consiste en aumentar la autonomía (individual o colectiva) que podemos conquistar sobre las torpezas de la historia inscriptas en los cerebros y en los cuerpos” (8) Lo contrario de la mera producción de réplicas, o sea, formas instituídas de subjetividad. Pero ocurre que estas prácticas se despliegan en dispositivos que pertenecen al campo de la salud mental aún cuando no sean parte de sus dominios. Y todo dispositivo en Salud Mental (incluídos los Centes, o Cuidar-Cuidando) prescriben modos de lazo social. En nuestros casos lo prescripto es la integración, así como en otras épocas lo fue una marginalidad que se pensaba creativa y liberadora. Tal vez en el lugar de la institución estallada que proponía Maud Mannoni (16) hemos ido poniendo en la mira de nuestras apuestas una institución “no toda”, porosa, fallada. Y atípica.
¿Como poner en sintonía esta prescripción integradora sin que el resultado sea una adaptación silente o robótica? ¿Cómo gestar prácticas subjetivantes que promuevan posibilidades creativas para quienes concurren a un dispositivo que espera que aprendan a aprender? ¿Cómo hacerlo sin practicar acoso textual?
Se hace necesario entonces repensar los dispositivos para su recepción. Un Hospital de Día es lo que clásicamente se ofrece como el espacio donde podría darse lugar a las cuestiones más fragmentarias. Esto también ocurre en las escuelas para niños con trastornos graves como son los Centes. Y crecientemente en Cuidar-Cuidando.
Para forjar aquellas prácticas hace falta una forma particular de interdisciplina. La que parte del supuesto de que algo puede producirse entre los territorios disciplinarios establecidos, sean estos la docencia, la psicopedagogía, la musicoterapia, la terapia ocupacional, el trabajo social o el psicoanálisis. Algo que no estaba contenido en los saberes de los que se partió. Un pensar y no un saber, que parte de lo que no se sabe, de las grietas de cada edificio disciplinario y produce el entre. Un pensar que se dice, que no está escrito (4) y que se cuela entre los saberes instituídos y estatuídos. Si es posible que el intercambio deje de ser una demostración de “cada maestrito con su librito”, entonces de ese ámbito pueden surgir nuevos saberes referidos a la singularidad de cada sujeto o situación de la que nos ocupamos
Parafraseando a Lacan, interdisciplinar es dar lo que no se sabe a quien no es, como uno. Admisión de lo extranjero y del tope propio, pero también apuesta a la creación. Quienes pretendan hacerlo requerirán de un horizonte ético compartido, que es lo que permite que la configuración una direccionalidad común desplace a una estéril puja por instituir una, “la” disciplina piloto. (23)
Un horizonte ético que implique como meta un tipo de integración social que no se vacíe del deseo que podría animarla puede encontrar en el contacto con los animales una fuente y un estímulo. Ya hay algunos psicoanalistas que sin descartar el valor y los efectos de los espacios de palabra y juego en transferencia reconocen que en niños con graves dificultades en su constitución subjetiva y en la posibilidad de establecer lazos sociales discriminados hace falta crear alternativas. En ellas la dirección de la cura pasa a ser direccionalidad de procesos resultantes de la fricción y la producción entre saberes y discursos. Y se define en, y la define un equipo.
Esto ocurre en momentos de identidades crispadas. Los lugares y dignidades han entrado en jaque junto con la debacle de los sistemas de protección que el estado brindaba. Nuestras instituciones se sostienen cada vez más sobre nuestras espaldas. No están estalladas creativamente, sino fragmentadas. Pese a esto subsisten y, desde la heterogeneidad que las constituye, logran producir nuevas prácticas que, habitando las instituciones, promueven el desmontaje de las rutinas que instituyen normativamente una subjetividad estandarizada y colonizando espacios a veces ruinosos intentan gestar allí espacios de subjetivación.(25)

EFECTO ZOO

Carlos tiene actualmente 20 años. Fue atendido en Hospital de Día durante cuatro años de donde egresó a los 16. Allí le diagnosticaron Autismo. Para ampliar sus posibilidades de lazo social su terapeuta le propone venir al zoo y acepta
Al comienzo se ocultaba de la vista de los demás. Entraba a la pajarera y se acurrucaba en un rincón. Pese a ello, si se lo alentaba, podía realizar la tarea encomendada (cortar frutas y dietas de aves). No miraba, casi no hablaba. Su andar era desgarbado. No presentaba manierismos ni bizarrerías, pero era extremadamente introvertido. Nos parecía difícil que pudiera tener logros importantes.
Progresivamente comienza a concurrir a tratamiento psicológico cada quince días a través de su Obra Social. El terapeuta propone que vaya solo cuando quiera. No esta medicado
Dos veces a la semana se levanta temprano para venir al zoo. Se lava la cara, se peina, elige su ropa. Desayuna con su madre. Viaja solo. Al regreso va al club del barrio que queda a pocas cuadras, caminando. Los sábados pasa allí todo el dia. Juega al fútbol para lo cual se pone la camiseta de Argentina y guantes de arquero. Lleva los CD de la música que le gusta. Vuelve del club protestando si le han metido muchos goles (cosa que ocurre con frecuencia). Según su papá, que a veces va a verlo jugar, como arquero es bastante bueno, se ubica, se tira sin temor pero es algo lento de reflejos.
Los otros dias la madre le deja preparado el desayuno que el calienta en microondas. Si esta solo se tira a escuchar música, mira TV y almuerza con quien esté. Su padre, su madre y su hermana trabajan. Luego va al club donde acompaña a quienes juegan a las bochas, anota. Juega a los flippers, escucha sus CD, cena con gente que lo conoce hace años: unos amigos del club que lo llevan a veces a la cancha a ver a River. Hace poco le dijo a la mamá que la novia de su amigo era su novia, una manifestación absolutamente inédita en él de la atracción que siente por las chicas.
No tiene carnet del club, sólo su carnet de discapacitado y a él no le gusta mostrarlo en el colectivo. Propusimos que saque en su querido club su carnet.
El equipo de música y el discman de su casa están rotos de tanto repetir temas y apretar muy fuerte los botones. No le gusta bañarse, miente al respecto que lo ha hecho. Antes se escondía por la casa, ahora no. En el barrio los chicos lo conocen y lo cargan cuando pierde River.
Tiene muy buena relación con la hermana. Este año ella lo llevó a teñirse el pelo pues Carlos quería verse como Rodrigo. Esto produjo un gran impacto entre sus compañeros del zoo. Así personificado comenzó a caminar más erguido, como orgulloso y ya no se esconde. En el Colegio va al taller de huerta hasta el año que viene que egresa.
Sus padres encuentran dificultades para que Carlos pueda integrarse a espacios de capacitación. Tampoco pudo participar de un microemprendimiento de lumbricultura
Sus padres acompañan sus pasos y sus logros con contradicciones. No confian que pueda tener una vida verdaderamente autónoma.

Mariano esta por cumplir los dieciocho. A los siete fue atendido en Hospital de Día. Claramente no era autista. Impresionaba como infantil para su edad, inmaduro y era muy inquieto. Por eso fue medicado con Neuleptil (N.R.). En el Jardín era agresivo, pero cuando le respondían se mostraba indefenso. Le diagnosticaron un “Trastornos de la infancia, la niñez o adolescencia no especificado” Mariano tenía un juego imitativo y repetitivo. Eso lo aislaba. Se reía sólo y frotaba algunas veces sus manos y las acercaba al cuello. En psicopedagogía le realizaron un CI: 57. Iba al Centes y luego de dos años pudo pasar a una Escuela de Recuperación. Alli avanzó bastante. A los 10 pasó a 3er. grado, a los 11 pasó a cuarto y comenzó a venir al zoo. Al tiempo jugaba en su casa con animalitos y contaba a sus padres lo que hacía.
Le había tomado el gusto a leer y como era tímido e introvertido esto le brindaba refugio. Luego de un tiempo de granjero pasó al grupo de los mayores para empezar a trabajar con un cuidador. Tenia 14. Un rasgo de su inseguridad fue transferido al zoo: lloraba cuando sentía o suponía que no lo querían. Y entonces preguntaba mucho, incluso al cuidador, a los acompañantes y sus compañeros: “¿Me querés?” Su desempeño fue evaluado como algo disperso pues se distraía mucho. Pese a esto manejaba bien las herramientas y podía realizar las tareas que el cuidador de las llamas le encargaba: barrer el recinto, traer y desatar los fardos de pasto, vigilar que tengan agua.
A los 15 la terapeuta plantea su incorporación a escuela normal. La idea era que deje de funcionar como discapacitado. Mariano rompe el “pase” que lo habilita a viajar sin pagar. Quiere ser como todos los chicos.
En consonancia con ese movimiento pide trabajar como ayudante del “capitán” de un barquito que paseaba por el lago el zoo. Pasa a ser “marinero” o “contramaestre” y lo hace muy contento. Se siente más confiado y reconocido lo que lleva a que deje de preguntar “cargosamente” si lo quieren. Un año mas tarde los requerimientos de estudio demandan de él más tiempo y dedicación. Acordamos que deje el zoo a fin e ese año. Sus padres creen que venir le ha hecho muy bien en todos los planos.
Tres años mas tarde viene a visitarnos. Nos cuenta que finalizó el primario y que está en tratamiento grupal y control psiquiátrico en un Hospital de la ciudad. Terminó la primaria y cursó en una Escuela de Formación laboral donde aprendió mecánica, carpintería y repostería.
Actualmente no está medicado. Es un chico agradable, que habla claramente y con matices. Recuerda su pasaje por el zoo y quiere volver a trabajar aquí.
En la semana viaja independientemente al colegio por la mañana y a la tarde luego de la merienda anda en bicicleta. Muchas veces pasean junto con su padre.
Tiene compañeros en el colegio pero no amigos. Le cuesta bastante relacionarse. Va un club de barrio y a una colonia donde hace natación.
Mariano quiere ir a un taller de imprenta para imprimir sobre tela. Este es su proyecto para este año junto con el inicio de su participación en un taller de lumbricultura y aprender el oficio de peluquero.

Eduardo fue derivado desde el CENTES 2 y el Hospital deTarde “La Cigarra” por presentar severos trastornos de conducta y aprendizaje que hacían sus catorce años muy difíciles de soportar para su familia y la escuela. Identificado con algunos rasgos violentos de su padre y con un tinte paranoide intenso, le habían “diagnosticado” un cuadro de “infactibilidad escolar”. Fue un comienzo difícil dado por lo descontrolado de su conducta, sus severas dificultades de aprendizaje y la muy mala relación con su padre. Concurre varios años al zoo en calidad de aprendiz y luego de varias dificultades y puestas de límites por parte del equipo y los cuidadores se va insertando en un puesto de trabajo. Los cuidadores le dejan indicaciones escritas que comienza a sentir necesidad de descifrar. Se interesa mucho además por hacer lo propio con el comportamiento animal. Accede a tomar unas entrevistas con una psicopedagoga que logra un buen vínculo con él. Comienza a leer y escribir. Su desempeño en la tarea comienza a ser cada vez más reconocido. Es contratado hace dos años como cuidador del zoo. Respetado por todos pasa a ser transmisor de su experiencia a nuevos aprendices. Como ejemplo de su situación vale esta anécdota. Un día le digo que va a tener que tener paciencia con una chica nueva que se incorpora a trabajar. Me mira a los ojos y me dice muy serio:-”Cómo no voy a tenerle paciencia…¡Con la que me tuvieron a mí…!”

En nuestra experiencia, ya presentada a través de esta Revista, (18) un grupo importante de chicos y chicas, todos adolescentes, luego de pasar entre uno y tres años se han capacitado de tal modo que han recibido primero una beca de aprendiz que el zoo, a través del programa, les da a quienes se destacan y luego han sido contratados como cuidadores de diferentes sectores o para tareas de jardinería y mantenimiento. Otros han accedido, no sin dificultades, a trabajos remunerados en el mercado laboral. Carlos no pudo hacerlo y los espacios y los tiempos que necesitaría para acceder a una capacitación y desarrollar alguna actividad productiva escasean. Mariano se sobrepuso a un cuadro menos invalidante y pudo insertarse en una actividad acotada y sólo levemente competitiva. Eduardo se ha integrado como cuidador del zoo aún cuando ha estado varias veces al borde del despido. El Programa les permitió acceder diferentes formas de inserción más o menos precarias o a una integración social y laboral más plena semejante a la de otros jóvenes de su edad. Con una altísima tasa de desocupación juvenil y con severas falencias en el acceso a un lugar social y ocupacional digno, esto es un logro absolutamente remarcable. De existir espacios de capacitación y emprendimientos que entramen redes con el programa los resultados serían aún mejores.
Resumen:
El programa Cuidar-cuidando es un dispositivo de reinserción social que lleva adelante un equipo interdisciplinario e interinstitucional desde hace mas de quince años.
Desde nuestra práctica en él siempre hemos planteado la necesidad de articular la cura con la reinserción social por lo que el Programa se propone favorecer no sólo una recuperación clínico-psiquiátrica sino también la producción cambios en el modo de lazo social de los niños y jóvenes que en el participan.
El contacto con los animales produce efectos terapéuticos de muchas maneras. Aquí describimos las que hemos podido observar y ponemos en discusión la validez de un término “popular” como es zooterapia.
Después de dieciseis años de actividad ininterrumpida más de 500 chicos y adolescentes se han beneficiado de esta experiencia innovadora. Hemos aprendido también que sin políticas de integración abarcativas los dispositivos de reinserción social ven limitados sus efectos a largo plazo. Romper los circuitos de diferenciación es imposible sólo con estos recursos. Trabajar sobre estas dificultades nos permitirá responder si es posible pensar estrategias de rehabilitación para niños y adolescentes que incorporen recursos comunitarios.

The Care-Caring program is a device of social re-insertion, carried out by a multidisciplinary and a multi-institutional practice of more than fifteen years.
Those who sustain it, have always presented the necessity of articulating the cure with social re-insertion, therefore the purpose of the Program itself is not only to favour a clinical-psychiatric recovery, but also to prompt changes in the manner of social liason of the children and youngsters taking part. Animal contact in many way produce therapeutic effects. We describe here those we have seen and discuss the “popular” therm zootherapy”. After 16 years of non-stop activity, more than 500 children and adolescents benefited from this innovative experience. We learned also that without broad social integration policies, the devices of re-insertion are limited in their long term effects. Breaking the differentiation circuit is impossible only with these resources. Working out these difficulties will allow us to answer if it is possible to think of strategies of rehabilitation in psychology and psychiatry for infancy and adolescence using communal resources.
Palabras clave: Cuidar-Cuidando Adolescencia. Reinserción social. Contacto animal.
Key words: Cuidar.cuidando. Adolescente. Social reinsercion. Animal contact

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Publicado en Vertex Octubre-Diciembre de 2006.

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