SIN PILAS

Juan Vasen: “Hay chicos que se asilan en los cíbers”

Juan Vasen es médico, psicoanalista y especialista en psiquiatría infantil, pero sobre todo un eterno preocupado por la infancia de hoy. Su campo de trabajo es también, en consecuencia, el lugar de los adultos. A ellos justamente dirige su último libro “Las certezas perdidas. Padres y maestros ante los desafíos del presente” (Paidós).

Vasen, junto a otro número de destacados profesionales de la salud y la educación, trabaja en lo que se conoce como la “patologización de la infancia”. El año pasado protagonizaron junto a más de un millar de educadores un simposio internacional sobre el tema, que ahora ampliarán el 4 y 5 de septiembre de 2009 en Buenos Aires, bajo el título “Niños o sindromes” (www.forumadd.com.ar).

En diálogo con LaCapital , rescata el lugar del adulto apoyado en el saber, asegura que hay que volver a pensarse en el presente para no quedar pegados a imágenes nostalgiosas, y llama la atención sobre cómo se expone a los chicos a cíbers y shoppings.

— “Antes se respetaba más” o “se aprendía más y mejor” son frases comunes de escuchar cuando padres y maestros se refieren a los chicos ¿Qué pasa cuando nos quedamos atados a la nostalgia de lo que fue?

—O de lo que creemos que fue, porque en realidad esa nostalgia es muy idealizada. No sé si antes se aprendía mejor, se aprendía distinto y, en algunos casos, había un montón de problemas que quedaban disimulados. Quedarnos pegados a la nostalgia, hace que uno se sienta muy desconcertado, sin armas, pensando que “todo pasado fue mejor”, que las cosas se resolvían “más fáciles” y en algún punto quede medio abatido. La idea es restituir alguna posibilidad de intervención inteligente.

—¿Cuál sería esa intervención inteligente?

—Resituarse en el presente, en las nuevas condiciones en que se dan la crianza y la educación, porque sino se cree que las cosas eran mejor antes y no se perciben cuáles son los cambios y las diferencias. Se pretenderá así restituir un pasado que ya no está o bien actuar en un escenario que ya no existe.

—En esa nueva relación con la infancia y los jóvenes, ¿por dónde pasa el ejercicio de la autoridad del adulto?

—La raíz de la palabra disciplina viene de discípulo, si no hay discípulo no hay disciplina. El discípulo tiene como rasgo cierta admiración y asimetría en relación con el saber del maestro, del adulto que lo está instruyendo. Cuando ese saber cae, de alguna forma, también cae la disciplina. Entonces inyectarle fuerza al adulto vía autoridad no sirve, porque lo que está faltando es la consistencia del saber que genera disciplina, admiración y transferencia. Hay que reconstituir un lugar de adulto creíble y consistente, no buscar una especie de dureza ortopédica. Hoy hay una suerte de idealización del niño, del joven, una manera de tirar por la ventana la experiencia.

—¿Por qué los padres y maestros temen tanto cuando los chicos dicen: “Estoy aburrido”?

—Este es un tema central. Los chicos de hoy son hijos nuestros, hay que pensar que el aburrimiento de ellos tiene que ver con el nuestro. Ahora es vivido por los niños como algo letal, insoportable y no saben “cómo aburrirse un poco”. Los agobia esta cosa del just do it (házlo ya). Los hijos nuestros también lo son de una época que los ha marcado de otra manera, donde no todo viene de los padres y los maestros. Es más, ellos están desbordados por otras fuentes de subjetivación y modelos, donde los chicos quieren vivir a ese ritmo y el aburrirse es muy poco tolerado. Más que producir algo propio en ese agujero del aburrimiento quieren llenarlo, ahí es cuando terminan generando un nuevo aburrimiento y a muy corto plazo.

—Los cíbers y los shoppings aparecen como espacios de socialización para los chicos urbanos, ¿qué opina de esto?

—Los cíbers funcionan a veces como una especie de niñeras electrónicas, como en su momento era la televisión. Hay muchos chicos que se asilan en los cíbers por falta de presencia y de espacios que compartir con sus padres y sus pares. Pasan horas en esos lugares donde hay adultos que a veces son buena gente y otras no. Los padres tendrían aquí que intervenir respecto de cuánto tiempo están y qué hacen sus hijos en los cíbers, porque hay una función parental que es de filtro. Es que el niño se encuentra expuesto a situaciones que por ahí lo superan y no sabe cómo manejarlas, cuando no debería estarlo. Además está el tema de los juegos, de contenido muchas veces espantoso, porque banalizan al semejante y generan una especie de facilitación de actitudes violentas y delictivas. No todo chico va a salir a robar o asesinar porque juegue un rato, pero una exposición exagerada, sin filtro, en ciertos niños que viven una realidad muy complicada resulta un cóctel bastante malo.

—¿Y con los shoppings qué ocurre?

—Vivimos en una sociedad donde está privilegiada la figura del consumidor desde chiquitos y el shopping es el ámbito natural para eso. Hay un libro de marketing para niños que dice que el lugar cultural asignado para el niño desde chiquitito es el carrito del supermercado, donde la mamá lo sienta mientras hace las compras. A partir de ahí el niño hace su carrera de consumidor. También es verdad que los padres van mucho porque es un “paseo de compras” y un sitio relativamente seguro, acotado, eso hace a cierta seguridad y comodidad para lo padres. Pero básicamente lo que se crea es una relación con el consumo. En un mundo donde los objetos son los que dan valor a las personas, y no al revés, los chicos viven eso y quieren darse valor a través de la adquisición de objetos.

—En una época donde las relaciones están mediatizadas por los celulares, los mails, ¿qué puede hacer el adulto para preservar el lugar de los afectos que se expresan con el contacto físico, el cuerpo a cuerpo o la mirada?

—Practicarlo. A los adultos también nos cuesta la cercanía afectiva. Pero hay que darle al niño un lugar digno, donde el padre, la madre o el maestro generen un pequeño espacio de acercamiento y de intimidad, tanto en el afecto como en el aprendizaje. Y digo también el aprendizaje porque es como que ha perdido su sentido, la experiencia escolar en sí la ha perdido; y esto no se arregla con computadoras en la escuela solamente.

Publicado en “La Capital” de Rosario.