PSICOFARMACOS EN NIÑOS: Un alivio que oscurece

Jornadas de Madres de Plaza de Mayo-Noviembre 2005

La mamá de Ignacio me comenta aliviada luego de una ronda de consultas por su inquieto primogénito: ¡Ya sabemos lo que tiene. Es un Adedé”! Cuando crezca, con suerte, accederá a ser un bipolar.
Diagnosticar alivia y puede aclarar las lógicas que subtienden una situación sufriente. Pero oscurece en tanto tienda a convertir lo histórico y situacional en algo que simplemente es. Ya hace tiempo sabemos que el sentido que demos a un hecho pasa a formar parte del mismo. Esta tendencia objetivante y tecnocrática cuyo paradigma es la psiquiatría norteamericana y su DSM IV, suele recortar un existente desgajándolo de la trama de relaciones en que surge con la pretensión de hallar el recurso que restituirá lo previamente definido como faltante (casi siempre un neurotransmisor).
Al proceder así lo que se gana en tiempo —que nunca es suficiente— y pretendidas claridades, pero se pierde en complejidad. El sujeto deviene así el lugar de un mero trastorno. Entonces, se “es” un Adedé; pues ya ni siquiera se lo padece. El padecimiento se borra, rápido, muy rápido en favor de un nombre que queda inscripto. Tal vez sea ésta mi mayor preocupación en relación a este problema. Que la inmediatez de lo que alivia difumina la permanencia de lo que, encasillando, se inscribe en su nombre. Y entonces no deja ya venir aquello que el saber no sabe.
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Entre el alivio y la adaptación

Los psicofármacos tienen una creciente presencia en nuestra vida cotidiana. Para algunas corrientes de pensamiento se trata de un avance más en la lucha contra el sufrimiento y el malestar. Al punto que esa presencia se naturaliza, quedando sólo pendiente la decisión de elegir cuál medicamento es el indicado para cada momento y para cada quien.
El problema principal no pasa por poner el acento en las aristas farmacológicas del uso masivo de medicamentos. Porque pese a que persisten, las reacciones adversas tienden en perspectiva a ser cada vez menores. Y aún cuando en este sentido la farmacovigilancia es clave, la cuestión más seria es hoy, fundamentalmente otra. Tiene que ver con los criterios de uso: cuestiones éticas y, sin duda, ideológicas y políticas, bio-políticas.
Hasta Francis Fukuyama se preocupa un fenómeno de nuestro tiempo en las sociedades occidentales, en particular la estadounidense, donde se expande el uso de antidepresivos en los adultos y el de estimulantes en niños.
No estamos tan lejos de que los medicamentos se vuelvan completamente inocuos en un plano estrictamente fisiológico. Entonces, ¿qué ocurriría…“si mañana una compañía farmacéutica inventase una pastilla de “soma” cien por cien huxleyana que nos hiciera felices y nos ayudara a fomentar vínculos afectivos sociales, sin ningún tipo de efectos secundarios? (…) No está claro que alguien pudiese aducir algún motivo para que no se permitiera su consumo (…) Si algún tradicionalista excéntrico protestase alegando que dicho soma no es terapéutico, probablemente podría contarse con el apoyo de la comunidad psiquiátrica para declarar la infelicidad como enfermedad e incluirla en el DSM junto al ADHD”.
Considerando que la diferencia entre los rendimientos esperados y los alcanzados está en la base de este suceder se pregunta qué daño habría en suministrar autoestima en frascos. O en hacer que la gente que sufre depresión clínica, pero no sólo ellos, se sientan mejor que bien (“better than well”) por medio de una pastilla.

¿Indicación o consumo?

En los EEUU la una asociación sin fines de lucro , pugnó por clasificar al Síndrome por Déficit de Atención con Hiperactividad (ADHD) que padece de un modo casi “epidémico” un alto porcentaje de niños norteamericanos, como discapacidad. El planteo enfatizaba que quienes lo sufren no tienen ningún grado de control sobre su comportamiento. Los objetivos de esta categorización eran la recepción de subvenciones (para tratamientos y compra de medicación) de nada menos que quince millones de estadounidenses. Pero no se llegó a tanto. Ciertos inconvenientes surgieron al detectarse que los laboratorios productores de la Metilfenidato, cuya marca registrada más conocida es Ritalina, donaron casi u$s 900.000 a la asociación en cuestión.
Para el psicoanálisis tanto como para el derecho no hay sujeto si está ausente una dimensión clave: la responsabilidad sobre los propios actos. Las implicancias de considerar a un número de personas tan elevado como privadas de este discernimiento es de una inusual trascendencia. Nada más consideremos el endiosamiento y fetichización que recae sobre los fármacos, la dependencia que suscitan, la des-responsabilización que promueven.
Más allá de los casos en que la indicación de un psicofármaco en niños y jóvenes puede estar justificada, la tendencia a la medicalización del malestar y la extensión de las fronteras de lo terapéutico hacia un número de circunstancias cada vez mayores es algo insoslayable. Entonces la farmacología puede ser instrumento de una cosmética del comportamiento que intenta mejorar el desempeño o sustituir conductas no necesariamente “anormales” por otras que se juzguen socialmente preferibles. Que ese movimiento se realice a partir de padres angustiados o docentes desbordados lo hace comprensible, pero no lo justifica.
En el marco de una sociedad que promueve la fetichización de los objetos de la técnica, que impulsa modos de relación con ellos impregnados de matices adictivos todo induce a convertir la indicación en consumo. Y en ese caso el malestar, la inquietud, las dificultades escolares, la soledad o la tristeza pasan a ser un mercado más.
Un uso criterioso podría, en cambio, tener en cuenta la opinión de Sanjay Gupta en su artículo If anyone where on Prozac:”Nada se pierde del beneficio que han aportado los modernos antidepresivos a los (pacientes) clínicamente deprimidos al decir que, si lo que buscamos es algo de un valor real y duradero, probablemente nunca lo hallaremos en una píldora.”
Post-modernamente podemos constatar que la infancia está en riesgo por dos motivos. Debido al consumo, que altera los lazos que constituían la infancia moderna como tal y debido a la exclusión, que produce masivamente subjetividades desamparadas y desconfiadas. En ningún caso la infancia y por ende la consulta son lo que eran.
En consonancia el lugar social de los psicofármacos ha mutado. Ya no son sólo herramientas para un alivio acotado y sintomático, sino que llegan a proponerse como atajos bioquímicos hacia la felicidad o el rendimiento. O peor aún, como chalecos químicos para silenciar descontentos. A ello habría que agregar su función de prismas a través de los cuales se construyen los saberes sobre el enfermar. Por ese motivo no estaría mal ponerse en guardia ante a la posibilidad de que las enfermedades comiencen a tener el nombre de los remedios que supuestamente las curan.
Esta afirmación se basa en que en los últimos años asistimos no sólo al avance cuantitativo de los psicofármacos sino también a un avance del lenguaje de los psicofármacos. Una impregnación que puede llevar a que la “verdad” de un sufrimiento se vea reducida al nombre de un neurotransmisor ausente y una “enfermedad”, paradójicamente, lleve el nombre del remedio que se instituye para “curarla”.
La cura así entendida provee o modula lo faltante. Completa y complementa. Mientras, la experiencia analítica descompleta, evita las suturas apresuradas y complacientes y en lugar de suplantar, suplementa. Esto es, agrega algo nuevo. Pero nunca en serie, no a partir de la particularidad del nivel bioquímico sino en el plano absolutamente singular de esos goces que hacen del padecer algo alejado de los sentidos consensuales.
Es por estos motivos que en cualquier situación donde indiquemos un psicofármaco deberíamos detenernos a pensar en las condiciones culturales y de época que hacen lugar al motivo por el cual lo estamos indicando. Cualquier práctica que se desligue de estas coordenadas tiende -se lo proponga o no- a producir un recorte tecnocrático del problema.
Dado que, como analistas, nos ocupamos no sólo de la clínica y la “patología”, sino del malestar en la cultura y en el vivir, estas no son cuestiones de las que, éticamente, podamos desentendernos.

¿Ponerse las pilas?

. Robert Castel alertaba ya hace años sobre la posibilidad de convertirnos en una sociedad psiquiátrica avanzada en la que lo esencial de cada experiencia vivencial estaría determinado por nuestra bioquímica y donde, cual Mundo Feliz, los psicofármacos podrían disolver todos los malestares existenciales.
No podemos desconectar el auge de la detección de esta problemática de la creciente aceleración cotidiana. Cuando la vida urbana va asumiendo un ritmo cocaínico, reducir y entificar estas cuestiones como un problema psiquiátrico o neurológico parece propio de cortedad de miras. Hay allí algo más. Nuestra época se inscribe saturando los cuerpos y demanda modos de ser que puedan “andar a mil”. Y muchos no logran “ponerse las pilas” ¿Deberían? ¿No será que a ese niño se le propone, o mas bien se le impone, no sólo consumir sino, convertirse en juguete? ¿En uno de esos muñecos autosuficientes, compactos, sin rendijas a través de las cuales el niño pudiera insuflarles una vida que aparentemente no les hace falta pues ya tienen la propia, a pilas? ¿No estaremos ante una metaforización de una crianza que reemplaza trascendencia por baterías? ¿No será que los niños corren el riesgo de de “muñequizarse”?
El niño a pilas, el niño muñeco, el niño juguete o robot son representaciones extremas y engañosas de la parálisis lúdica. De una sujeción sin rendijas a lo esperado/programado, sin resto creativo, protagónico

Brillos que enceguecen

Según el paradigma espontáneo de la mamá de Ignacio, las causas habría que buscarlas en lo que se ubica como “sustrato” del ser: la biología. Este es el segundo sentido en que el empleo de psicofármacos alivia, pero también oscurece. Ya que la “bio-lógica” sobre la que inciden es sólo uno de los determinantes del sufrimiento que se pretende paliar. Los circuitos de sobredeterminación de los que el psicoanálisis se ocupa requieren mantener la apertura de los síntomas y trastornos al movimiento imaginario y simbólico de las significaciones, un campo mucho más difícil de “entificar” que la bioquímica neuronal.
No se trata de discutir la utilidad de los psicofármacos sobre ciertos síntomas a veces muy perturbadores e inhabilitantes. Lo que está en discusión es si el alivio que producen puede “curar” (como muchos simplificadoramente pretenden) de los sufrimientos que la muerte, la injusticia, las pasiones, la sexualidad, la locura, el inconciente, la relación con el Otro y con los otros que dan forma a la subjetividad y exceden ampliamente la configuración biológica.
El nivel bio-psico-farmacológico puede aspirar a lo sumo a una particularidad. Los tratamientos se individualizan partiendo de generalidades y aplicando saberes respecto a moléculas que son iguales entre sí aún en personas distintas. Mientras las angustias y fantasmas no lo son aunque se soporten en los mismos neurotransmisores. Porque la experiencia y las significaciones personales pertenecen a dimensiones donde se pone en juego una singularidad irrepetible. Singularidad que queda oculta y velada tras los brillos de moléculas y pastillas. Y el pensamiento nunca podrá ser reducido a la actividad neuronal que le sirve de soporte ni el deseo considerarse nada más que una secreción química. Aunque la implique.
El empleo de un medicamento como parte del abordaje multidimensional de un problema puede ser un factor positivo en la recuperación de un vivir más pleno. Pero únicamente si se pone al servicio de una estrategia que promueva un despliegue de producción subjetiva y no sólo la afirmación de capacidades operatorias. Y esa estrategia no debería soslayar lo que las temporalidades urbanas promueven.
Más que acelerarlos, en muchos casos tal vez deberíamos más bien contribuir a “desenchufarlos. Y más que casilleros donde entificar su padecer nos hace falta una reflexión más vasta sobre las infancias que pueblan nuestro desigual territorio, y sobre quiénes son esos niños de hoy, y que goces les impiden el armado de configuraciones estables con las que apropiarse creativamente de los signos que los invaden.
Los laboratorios que los producen, llevados por una lógica mesiánica y una racionalidad mercantil, los proponen (e imponen) como solución excluyente más que como recurso válido. Su publicidad se ejerce de un modo excesivamente persuasivo no sólo sobre los profesionales, sino sobre una población -padres y docentes- cuya aflicción motoriza, comprensiblemente, anhelos de rápidas soluciones para conflictos, fracasos y rechazos.
En nuestro país el aumento de venta de psicofármacos para niños es muy intenso y se encuentra liderado por el mencionado metilfenidato (Ritalina M.R.) cuyo consumo se ha cuadriplicado entre 1994 y 1999 aún cuando la frecuencia de su indicación sigue siendo más restringida que en los EEUU o en Chile por ejemplo. Su venta pasó aquí de 321.000 comprimidos en 1994 a 1.212.000 en 1999.

Sinapsis y juego
Sin mis personajes no sería la persona que soy.
Mi vida no sería más que un esbozo, una promesa.
José Saramago

La práctica del psicoanálisis con niños supone intervenir a través del juego en dimensiones, como las fantasmáticas, entendidas como los guiones inconscientes de la relación con los otros y consigo mismo. Con la expectativa de que, incluso, esas intervenciones lúdicas promuevan cambios en aquellos fantasmas que motorizan síntomas y trastornos. Y no sólo eso, el jugar también afecta a las sinapsis involucradas. De allí que las intervenciones a través de medicamentos sólo pueden convertirse en apuestas si permiten abrir camino al jugar.
Apuestas que podrían parecer ambiciosas pero que no lo son tanto si se piensa que esas fronteras se han delimitado muchas veces en función de plantar banderas y apropiarse de los campos a expensas de simplificar las problemáticas que éstos presentan. Y que Freud fue el primero en poner en cuestión yendo más allá del semblante neurológico de la histeria.
Uno de los caminos, una travesía posible pasa por la construcción de personajes que en el juego dicen lo que el niño no puede decir. Personajes con los que se identifica, como en el teatro, viviendo en el juego una fantasía épica y poiética. Entonces a través de estos personajes duendes producidos se conjugan nuevos decires, se reformula el goce fantasmático, se conjura a sus personeros y se hace decantar un saber hacer, pues el juego es un hacer. Al tomar contacto, con tacto, con ello el niño se enriquece al trasponer lo que de su subjetividad se había vaciado al acantonarlo y cercarlo en su padecer.
En la era de los atajos y del “quick fix” es más fácil para los chicos comprar una película hecha que hacerla o deshacer/se de las que alimentan su sufrir. O para sus padres recurrir al psicofármaco. En cambio, aprehender ese goce en tramas imaginarias y simbólicas, aun dejando resto, les permite empezar a ser de otra manera y a hacer y a decir, espontáneamente, otras cosas.
El trabajo con niños es una clínica que, en tanto material de entrecruzamientos, ha dado lugar a muchas de estas reflexiones. Es allí donde la gravedad de algunos cuadros nos lleva muchas veces a toparnos con inercias y estereotipias, con bloqueos o desbordes que paralizan el juego. En esas situaciones, cuando “no hay otro remedio”, las intervenciones psicofarmacológicas combinadas con las inter-versiones psicoanalíticas pueden abrir caminos al juego acotando vías repetitivamente activadas y abriendo paso a otras que pueden rivalizar con las anteriores como paths neuroquímicos. Pues no son los mismos circuitos los que se activan ritmando placeres que los que funcionan soportando goces.
La importancia de los psicofármacos no estriba en adaptar, aunque tiendan a hacerlo. Tampoco enseñan nada ni aportan la felicidad que publicitan pero pueden en cambio, por “vía di levare”, apartar lo que sobra y permitir el despliegue de lo atrapado entre las rocas de un pasado hecho estatua. Pueden contribuir así, empleados muy acotada pero criteriosamente, al despliegue de un jugar que no sólo reproduzca o imite, de un jugar que permita al niño inventar al hombre.

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