¿POST-MOCOSITOS?

El niño en su historia

“Ello no es distinto a lo que sucede al escribir una novela, cuando los personajes que libremente hemos instituído van poco a poco imponiéndonos sus propias condiciones de necesidad que nosotros, creadores de esos mismos personajes debemos respetar. Empezamos por inventar los personajes del libro, pero a partir de determinado momento hay un cambio diametral en las páginas del texto cuyo efecto es que en lugar de inventarlos, ahora debemos mas bien escucharlos”.
Aldo Gargani

En las últimas décadas los historiadores han jerarquizado el valor de la cotidianeidad. Aportaron con ello elementos de gran interés a quienes, desde el campo psicoanalítico, trabajamos con niños y adolescentes. Sus contribuciones nos han llevado a replantear el estatuto de niño, al mantenerlo en conexión con la historicidad que le es propia. Esto nos permite pensar con mayor profundidad la infancia como un producto sociocultural.
Su empleo profano nos expone al riesgo -aquí asumido- de las generalizaciones y al soslayo, entonces, de particularidades de lugar, género o clase social.
Socioculturalmente no hay una infancia, en singular, sino muchas. Infancia se escribe en plural. Para el psicoanálisis, infancia son los momentos fundantes de lo infantil. Epoca durante la cual el sustrato biológico es reformulado por marcas y apropiado por determinaciones y leyes. Un proceso que frecuentemente se topa con las inercias propias de ese cuerpo, ahora erógeno, que no suele prestarse tan dócilmente a las temporalidades y regulaciones de la cultura. Indocilidad que no corresponde a un resto refractario de naturaleza, sino a un plus que la crianza humana suplementa.
Pero también la infancia, “son recuerdos”. Que paradojalmente no dan cuenta de “eso” infantil encarnado, polimorfo, en proceso; mas bien, lo encubren. Porque “eso” tiende permanentemente a sustraerse de nuestras posibilidades de temporalizarlo, y hacerlo historia, o historias.
En este capítulo hablaremos de una historia que se hace discurso intentando dar cuenta de las condiciones de producción de la infancia, esa paciente construcción moderna. Una narración que pretende alejarse del relato ingenuo y elaborar los azares y conflictos que constituyen esas representaciones del ayer y del hoy. La historia hace al niño, la historia se hace niño; los niños y las niñas hacen, como y cuando pueden, sus historias. Escuchemos.

Cría , hijo y niño

Desde sus albores, en el Paleolítico Inferior, la descendencia humana no alcanzó un estatuto que la diferenciara sensiblemente del hecho biológico. No obstante, en ese entonces comienza a abrirse una brecha. En adelante el bagaje de experiencia sociocultural acumulada estructura un campo que diferencia a los adultos de sus crías por algo más que el tamaño.(1) Esa distancia comenzó a ser sorteada a través del puente que la transmisión comenzó a configurar. Y se sostuvo en anhelos recién nacidos de trascendencia.
El lenguaje constituyó la materia de ese puente entre los adultos y sus cachorros. Una brecha que ya no se llenaba solamente por vía madurativa El período de indefensión se fue extendiendo a medida que los circuitos instintivos quedaban en falta. La fijeza se debilitaba para dar cabida a una variabilidad experiencial que requirió para su transmisión soportes ya no genéticos, sino culturales.
El pasaje de la cría al hijo es inseparable de la configuración de una dimensión adulta cada vez menos accesible. En las hordas primitivas los chicos participaban al unísono con los grandes de tareas y rituales, todos como hijos de dioses y totems. Pero a medida que los adultos comenzaron a tomar parte del destino en sus manos, inscribieron, como padres‚ a sus crías en la condición universal de hijos.
Las crecientes posibilidades de que fuera garantizada su subsistencia, hicieron de los niños soportes más consistentes de los anhelos parentales de trascendencia. La inversión educativa, material y simbólica, que supone la transmisión, es correlativa de la libidinal. La infancia es hija contradictoria del narcisismo parental y, al unísono, de las determinaciones históricas que lo posibilitan.
Es, en parte, por estas razones que las comunidades primitivas fueron ubicando a su descendencia en un lugar de gran respeto, capacitándola e integrándola precozmente a las tareas comunes. Así se fue estructurando un espacio de aprendizajes y capacitación para los difíciles avatares de la vida adulta. Aprendizaje que fue mediado por rituales, dramatizaciones y, más adelante, por juegos. En ellos los niños, lanza en mano, entrenaban enfrentando fieras imaginarias, mientras las niñas recogían frutos, cuidaban el fuego, y comenzaban a transitar el camino que terminaría naturalizando sus funciones maternas. La caza para unos, la casa para las otras.
La Antigüedad, salvo excepciones, deparó una dura suerte a los niños, -por lo menos tal como nosotros podemos entender la infancia actualmente-. El advenimiento del cristianismo implicó el desplazamiento de los universos politeístas, donde prácticamente no encontraban representación. Se abre un espacio significativo para el lugar del hijo con Jesús. Pero recién en el año 374 se considera al infanticidio (2) como delito punible con la pena capital, sin que por ello mejorara en lo inmediato la situación de la infancia. Pese a que desde ese siglo los niños comenzaron a “tener” alma. Y el Estado a ocuparse de ellos.
De los Totems y Olimpos que poblaron el mundo prehistórico y la Antigüedad pasamos, en la Edad Media a una invasión de brujas y demonios Es que junto a aquellas dimensiones narcisísticas implicadas en la trascendencia, los descendientes estuvieron, a lo largo de la historia, en el límite de una alteridad radical. Fueron, son y seguirán siendo estructuralmente portadores de fantasmagorías de diversa índole epocal. En ellas las generaciones precedentes depositamos -quizás por demasiado humano- lo imaginado como no humano.
Así, la creencia de que los niños podían convertirse en seres absolutamente malvados incidió en la costumbre de atarlos o fajarlos, bien apretados, durante largo tiempo. La Reforma llegaría a suprimir formalmente el exorcismo, pero hasta entonces, tal como puede leerse en un texto de 1.230: “por su blandura las piernas del niño pueden fácilmente arquearse, curvarse y tomar diversas formas. A ello se debe que se las sujete con vendas y otras trabas adecuadas a fin de que no se tuerzan ni se deformen”. (3)
Los niños deformes o retrasados mentales eran considerados como sustitutos sobrenaturales del hijo “de verdad”. Una creencia que se cristianizó en la noción de engendro: pequeño demonio dejado por el diablo en sustitución del bebé humano que había robado. Esta idea condujo a prácticas a veces brutales para revertir el cambio, o, directamente, al abandono y la muerte del niño considerado anormal. Pero también desde aquella época perduran fantasías -ciertamente narcisistas- de renacimiento de otros en el niño. La raíz común entre baby‚ (bebé) y babe‚ (abuela) es un ejemplo de ello. Algo que cobrará importancia a partir de la modernidad. Desde entonces se dice: “Tiene los ojos del abuelo”.

Surgimiento de la infancia:

En el arte medieval anterior al siglo XII, las peculiaridades de la infancia fueron desconocidas. Los artistas eran “incapaces de representar un niño salvo como un hombre en menor escala” (4). Es Durero quien, sobreponiéndose al imperio de esa dimensión proyectiva, realiza el primer estudio de las proporciones corporales del niño.
Hasta el Renacimiento las palabras que representaban al niño no lo hacían de modo discriminado. Por ejemplo, “garçon” es equivalente tanto a niño como a criado, palabra que en castellano y en farncés tienen esa doble acepción.. Recién a partir de esa época es posible comenzar a procesar socialmente el segundo pasaje mencionado: el del hijo al niño.
El siglo XVIII es el punto angular para la formación, en Occidente de una “esfera” infantil. Separados trabajo y vivienda, a la infancia se le asignan espacios propios donde permanecer. Surgen los cuartos de los niños y las plazas de juegos, así como una vestimenta particular que diferencia más nítidamente edades y también a las nenas de los varoncitos. Comienza la masificación de los juguetes y el auge de unaa literatura específicamente infantil.
De la Gran Casa feudal llegamos este Hogar-nido‚ un remanso de paz, pero, también de intrusión. La presión de la socialización comienza a abarcar todas las expresiones vitales del niño. Por lo que determina así, en última instancia, las reglas de decencia que convienen. Y esto significa determinar, al mismo tiempo, las fronteras del juego. En este sentido el combate contra la masturbación fue un paradigma por los niveles de crueldad que alcanzó. Se convirtió en el punto de arranque para la eliminación de la actitud “indeseable” que entraña, a saber: la autosuficiencia y el placer del juego con el propio cuerpo. Ambas costumbres debían rechazarse por improductivas. La entrega al disfrute del momento entraba en contradicción con la actitud de previsión sistemática, a largo plazo, con que la ascética burguesa en ascenso quería derrotar a la decadente moral de la aristocracia.
Pero, una vez consolidada como clase, el objetivo predominante de la burguesía pasó a ser la estimulación de la ”industriosidad”. Más que coartado, el juego debía ser instrumentado. Entonces, a través de una pedagogía de la simulación de determinadas operaciones sociales, se impuso el “como si”. Más que ascéticos, los pequeños debían ser hábiles, optimistas, comunicativos y conocedores de las cosas prácticas; moderados, flexibles, adaptables y diestros en fin en el trato social. Las niñas recatadas esposas y futuras madres. Mientras tanto, los hijos e hijas de trabajadores y campesinos encontraban fuertes impedimentos para jugar debido a una educación -si es que la recibían- orientada a incorporarlos rápidamente a trabajos de baja calificación, o a formar parte del ejército de reserva de desocupados.

Juego e infancia

“Si yo soy el héroe de mi propia historia o corresponde
ese lugar a otra persona, el lector lo sabrá después de
recorer estas páginas…”
Charles Dickens

El juego, en nuestro caso, constituye una‚ forma específicamente infantil de apropiación del bagaje de experiencia sociocultural. Los niños juegan desde hace mucho, pero sólo a partir del Renacimiento adquieren “carta de ciudadanía” como tales, es decir como seres que juegan.
El trabajo, el ejercicio pleno de la genitalidad y la muerte deben ser puestos en suspenso -por los padres- para que una escena de juego pueda desplegarse y delimitarse en el espacio y en el tiempo. Por lo tanto los niños juegan desde que se configuran dimensiones que por edad o posibilidades los excluyen
Ubicados como hijos juegan, como niños, a ser grandes en la medida en que aún no lo son. Es imposible jugar sin imposibles.
Freud, que vacila ante la pregunta: ¿Qué quiere una mujer?, responde a la homóloga: ¿Qué quiere un niño?. Ser grande. Esto nos lleva a encontrarnos con una función esencial del jugar: se juega para metabolizar productivamente la distancia niño-adulto. Pero ese recorrido no sólo impone al niño afrontar la realidad del mundo y las marcas que éste imprime, sino también sus fantasmagorías, en especial las que lo tienen como soporte u objeto.
Jugar implica también ese trabajo de conjuro de los fantasmas que el recorrido por esa senda hacia el adulto implica. ¿Cuál era sino, la función del sonajero?. Fantasmagorías históricamente diversas que, recogiendo el imaginario de cada época (duendes y diablos, reencarnaciones y engendros, hadas y brujas), ponen en juego esa dimensión del “Mas allá” . Esta en el sentido mítico-religioso es dominio de los dioses y de las fuerzas sobrenaturales; en el sentido psicoanalítico, configura una dimensión siderante de goce compulsivo-repetitivo. Entre ambos dominios -el religioso y el psicoanalítico- hay una zona de intersección configurada por la cuestión del destino y la sujeción alienante a sus designios.
El niño como objeto de un fantasma, materno u otros análogos, es una subregión de ese ámbito donde los humanos podemos ser objeto de determinaciones absolutas de destino que son, en apariencia, inmunes a nuestros quehaceres terrenales y simbólicos.
En cambio, el jugar, producción simbólica y fantasmática propia, hija de rituales y conjuros, es “metabolizadora del goce“ de los dioses y de sus subrogantes humanos. Tal vez por eso el jugar es llave potencial para remover el anclaje que sólo permite como única forma de satisfacción posible, el ser parte‚ (alienada) de un ordenamiento de lo humano dispuesto mas allá de las posibilidades de intervención de todos aquellos a quienes concierne. La ausencia del jugar deja al niño inerme frente a ese goce, capturado como objeto del mismo. Su importancia no estriba en adaptar. No sólo, como veremos, en traducir. También en crear y disfrutar lo producido. No sólo posibilita reproducir o imitar, jugar permite, al niño, inventar al hombre.

¿“Mundo Feliz”? ¿Infancia virtual?

Si a lo largo de la historia los niños han sido soportes de expectativas, temores y fantasmagorías que han debido acarrear y transformar. ¿Qué recae sobre ellos ahora?
La familia compartió, en Occidente y durante siglos, su espacio formativo con la iglesia. Actualmente ocupa un escenario decreciente en relación a otros ámbitos de socialización formales (escuela) e informales (medios masivos de comunicación).
La intimidad se va tornando ex-timidad. (5)
Una niñita preguntaba a su mamá mientras veía el programa de Galán:
-“Mami, para casarse, ¿hay que ir a la tele?”
Esta vivencia de disolución de la familia ha generado en algunos pensadores de nuestro tiempo, como George Duby, conclusiones un poco catastróficas.
“Esta rapidísima evolución -se ha efectuado en una generación- es un indicador del repliegue de la familia sobre la vida privada. Esta sustitución de la familia con el consentimiento de aquélla, se explica por una toma de conciencia de una incapacidad estatutaria: la familia, espacio privado por antonomasia, no puede impartir con éxito una educación que ahora se ha convertido en aprendizaje de la vida pública.”
“Asi la familia pierde progresivamente sus funciones que hacían de ella una microsociedad. La socialización de los niños ha abandonado totalmente la esfera doméstica. La familia deja pues de ser una institución para convertirse en simple lugar de encuentro de vidas privadas”. (6)
Un ejemplo extremo de esta nueva situación lo daba un”graffitti” que ante el tradicional “Yankees go home” respondía: “There’s no home” Parecería que si la familia ya no es lo que era, ya no es. Lo que nos dificulta inteligir sus transformaciones.
En estos tiempos hay niños que enfrentan presiones sobrehumanas de eficiencia. Expectativa casi robótica ante la cual Tiempos Modernos podría pasar por una película filmada en cámara lenta. Ellos son sujetados a un marcapasos social que suele asumir un ritmo cocaínico. El les impone las pilas para que puedan andar a mil. Con lo que no sólo dejan de ser niños, casi dejan de ser humanos.
Zigmount Bauman se refiere a la “post”- modernidad económica en estos términos: “En la realidad virtual nacen y florecen fortunas nuevas, lejos de las toscas realidades de los pobres y la creación de riqueza va en camino a emanciparse por fin de esas viejas conexiones con la fabricación de cosas, el procesamiento de materiales, la creación de puestos de trabajo y la administración de las personas”. (7)
De la mano de la virtualización y la globalización, de la mano del avance de esos neomercaderes que al flexibilizar inserciones laborales “flex-clavizan” trabajadores y precarizan vidas familiares: ¿Habrá llegado el tiempo de una post-infancia? ¿Modo de producción subjetiva de post-mocosos? ¿Tiempo de constitución de lo maquinal en lugar del momento fundante de lo infantil? ¿Sustitución del lapsus por la falta de batería? ¿Del juego por la programación? ¿De la intimidad velada por el automatismo expuesto? ¿De la aventura de hacerse la película por el goce de ser espectador de la ya hecha? ¿Se destituirán los espacios de juego? ¿O la niñez tal como la conocemos? ¿Será ésta la tendencia?
Y si bien los soportes institucionales que hacen al niño tienden a ir ausentandose de la escena, hay interrogantes, procesos y dimensiones de la subjetividad que se mantienen a cierto resguardo de la intrusión descarnada del presente. Siempre y cuando haya padres y no “sponsors” o botellones de clonación. Siempre y cuando haya procesos de subjetivación y aprendizaje mediados por humanos y fundados en anhelos de trascendencia, y no hipnopedia. (8)
En la producción de esa clase de riqueza no virtual que son los seres humanos, no hay manera de emanciparse totalmente de esas viejas conexiones de la ternura y la palabra. Se seguirán creando nuevos puestos para el trabajo de la crianza -más allá de las probetas- que estará en manos de padres que son los insustituibles agentes de una doble función. De inscripción erógena y simbólica por un lado, y coadyuvantes de la metabolización y metaforización de lo inscripto, por otro. De lo inscripto por ellos o a través de ellos. Pero también a pesar de ellos o sin ellos, por la sociedad la cultura y la época. De las condiciones de inscripción y de las vías abiertas para su elaboración surgirá, en el mejor de los casos, un ser que puede jugar y podrá jugarse. Condiciones singulares e histórico-sociales.

De “Pinocho” a “Toy Story”

“Los juguetes tradicionales se ofrecían como cuerpos subanimados, dispuestos y proclives para ganar vida. Los juguetes contemporáneos, por contraste, son “vivientes” para sí, aniquilan la vida imaginaria en un simulacro de poseer excluyentemente toda la vida. La consecuencia es palpable en el abigarrado cuarto de los niños: cuando los juguetes del primer tipo claudican por el uso, son en el peor de los casos, “trastos”, restos con memoria; pero cuando a los segundos se les rompe su interior, aún conservando reluciente la carcasa, son, de inmediato, cadáveres”.
Vicente Verdú

En este punto querría retomar algunas afirmaciones hechas en la introducción. El niño que quería ser grande, el niño que era legalmente menor, educado para ser un futuro ciudadano y futuro responsable ante la ley; pasó a ser, ya, consumidor, opinador y sujeto de derechos. (9) Esto amplía sus horizontes pero también cambia sus puntos de apoyo. Y al variar los soportes, la infancia, tal como la conocemos, trastabilla.
Hemos señalado también que la ficción es una forma privilegiada de dar cuenta de verdades subjetivas. Seguiremos ahora el camino abierto por el lúcido ensayo de José Luis Pardo: Toy Story ¿qué quiere un niño?. (10)
Según su autor, Pinocho, representa el pasaje “de un niño que deviene humano” a través del transitar de un muñeco que quiere ser niño. Pero porqué querría ser niño un muñeco? Porque los muñecos no crecen. Y los niños, por lo menos en la época de Collodi, en tanto hijos que son niños, quieren crecer. Quieren hacerse adultos, adultizarse, adulterarse, alterar su condición de niños, de promesa. Y tener futuro.
En cambio, en Toy Story, Buzz Lightyear es un muñeco que “se cree” explorador intergaláctico. Un muñeco que, al revés que Pinocho, se “convierte” en muñeco, no en niño, y “se desengaña de la ilusión de hacerse humano”.
Un muñeco que se sabe mortal, que será, en el sentido de la cita de Verdú, cadáver. Porque los juguetes cuya vida imaginaria depende de quien los libidiniza, sí son restos con memoria. Pero de los otros, simulacros, pasada la moda, ¿quién se acuerda?
Buzz parece avisarnos de una mutación en el estatuto de la infancia. Aquí Pardo se pregunta: “Esos extraños muñecos con conciencia de la finitud, ¿no señalan el punto en el que a los niños se les reconoce que tienen alma (que es, por cierto, el mismo punto en el que comienzan a aparecer niños delincuentes o criminales de una especie muy distinta a los golfillos de la primera mitad del siglo, niños-asesinos y no ya simplemente ladronzuelos o pillos, así como muñecos homicidas o inductores del homicidio: se recordará el modo en que se especuló, tras el asesinato del niño James Bulgher a manos de dos menores , con el papel que podía haber desempeñado en la autoría intelectual del delito la película Muñeco diabólico II”)?
¿No será que a ese niño sujeto de derechos se le propone, o más bien se le impone, no sólo consumir sino, más bien, convertirse en juguete?. En uno de esos muñecos autosuficientes, compactos, sin rendijas a través de las cuales el niño pudiera insuflarles una vida que aparentemente no les hace falta pues ya tienen la propia, a pilas. ¿No estaremos ante una metaforización de una crianza que reemplaza trascendencia por baterías? ¿No será que los niños corren el riesgo de “muñequizarse”?¿No será que, en lugar de ponerse, ponernos, ponerles las pilas se trata, en cambio, de sacárselas?
Parece que, contemporáneamente, nuestros mocosos se encuentran ante una tarea de conjuro epocal. En otros tiempos la alteridad, lo no humano era representado como atávico, un indómito resto de naturaleza, casi siempre diabólicamente impregnada. Entre nosotros, en cambio, hace ya mucho que ese lugar lo ocupa lo artificial, lo maquinal, sea mecánico, o tecnológico, casi siempre fetichizado.
Estas son cuestiones que tienen implicancias serias. Algunas serán abordadas, por su sesgo más dramático, en el próximo capítulo.

BIBLIOGRAFIA CAPITULO I:

1- Elkonin, D.B.(1980). Psicología del juego. Madrid: Pablo del Río Editor.
2- El infanticidio romano resultaba de una estructura particular de reconocimiento de un tipo de adulto -el pater familias- por la comunidad. Era propio de una modalidad específica de sociedad y, por ende de “infancia”. No es posible considerarlo fuera de esta contextualización histórica.
3- De Mause, L. (1975) Historia de la Infancia. México: Alianza Editorial.
4- Elsembroich, D. (1984) El juego de los niños. Barcelona: Editorial Zero-zyx
5 – Lacan, J.. (1988) La Etica. Seminario 7. Buenos Aires: E. Paidós,
6- P. Ariès y G. Duby. (1989). Historia de la Vida Privada. Tomo 9. Madrid: Editorial Taurus.,
7- Bauman, Z. (1999). La globalización. México: Fondo de Cultura Económica.
8- El término hipnopedia de refiere a un proceso de crianza sin padres, vehiculizado por miles de repeticiones sobre
el deber ser, escuchadas durante el sueño. Es propuesto en la genial novela de Huxley, A: Un mundo feliz (1975). Madrid: Editorial Rotativa.
9- Corea, C., Lewkowicz, I. (1998) ¿Se acabó la infancia? Ensayo sobre la destitución de la niñez. Bs.Aires: E. Lumen-Humanitas
10- Pardo, J.L.(1977). Toy Story, ¿qué quiere un niño?. En la revista Sileno N°2. Madrid: Impresos Mondejar

Fuente de la imagen: Flickr