¿Pero qué es eso que la sociedad regula como normal y acalla como anormal?

Partimos de la premisa innegable de que la medicación y la automedicación de nuestra sociedad aumentan sin pausa los registros históricos de la salud nacional, y los índices de crecimiento económico de la industria de este sector.

de forma desmedida el consumo de los psicofármacos relacionado con la búsqueda de efectos positivos para afrontar las duras exigencias afectivas y laborales del mundo moderno. Las pastillas se presentan en los medios masivos de comunicación como los últimos avances científicos puestos a disposición del hombre para ayudarlo a vivir mejor, banalizando al extremo los conceptos de ciencia y de medicamento.

Formamos parte de una sociedad que vive la vida social como un sufrimiento en sus cuerpos y en sus mentes y recurrimos al consumo de pastillas bajo la presión del imperativo de integrarse socialmente.

El consumo prolongado genera adicción, la capacidad de reacción se modifica, se aceptan cosas que de otra manera no se aceptarían, se amortiguan las emociones. Se es más fuerte a la agresión pero al mismo tiempo se es más agresivo porque aquello que no hiere demasiado a uno mismo se cree que tampoco a los demás. La pastilla aisla de las emociones propias pero también de un registro del otro y del mundo.

¿Pero qué es eso que la sociedad regula como normal y acalla como anormal?

Foucault dice en el prólogo a “Locura y sinrazón” que la percepción que el hombre occidental tiene de su tiempo y de su espacio deja aparecer una estructura de rechazo. Esta estructura es constitutiva de lo que tiene sentido y lo que no, o más bien de esa reciprocidad por la cual están unidos lo uno y lo otro; sólo ella pueda dar cuenta del hecho general de que no puede haber en nuestra cultura razón sin locura, cuando incluso el conocimiento racional que se tiene de la locura la reduce y la desarma, prestándole el débil estatuto de accidente patológico.

El dispositivo de obra propuesto aquí por la artista trabaja por detrás de los cuestionamientos normativos o morales en el uso y abuso de los psicofármacos, dejando al descubierto dos conceptos fundamentales de la vida humana: el vacio y el exceso. Para la postmodernidad, somos individuos eficientes y enemigos de la angustia existencial. Debemos rechazar y olvidar la tragedia pero lidiar con sus silenciosas consecuencias.

Pensar el vacio y pensar el exceso es introducirse en una región incómoda. Este ejercicio requiere renunciar a la comodidad de las verdades terminales, esas que no dejan espacio para interludios ni oscuridades. Cuando el vacío aflora y se decide no llenarlo, queda expuesta la fragilidad del exceso que intentaba ocupar el lugar.

Sentir angustia, estar ansiosos, estar tristes, tener sentimientos de dolor, son hoy tratados como estados alterados del ser. La vida se convirtió en un desafío demasiado amenazador y la felicidad es una construcción sintética que nada tiene que ver con el placer y la tristeza. No se trata de ocuparse de problemas de salud, sino de bienestar, no se busca curar una enfermedad sino subsanar una inadaptación o incomodidad.

Estos trabajos nos interpelan a pensar desde ese lugar que es el no –lugar donde se hace el arte, donde se construye la reflexión, allí donde el artista devuelve al mundo lo que nunca debió salir de él, dejando hablar a las obras el lenguaje misterioso de la vida.

Mindy Lahitte
Junio de 2010
Muestra Empastilladas, Maia Debowicz