LA CONSULTA ACTUAL: entre el consumo y la exclusión

“La infancia, dice la Enciclopedia de los niños, es un tiempo de dicha inocente, que debe pasarse en los prados entre ranúnculos dorados y conejitos, o bien junto a una chimenea, absorto en la lectura de un cuento. Esta visión de la infancia le es completamente ajena. Nada de lo que experimenta en Worcester, ya sea en casa o en el colegio, le lleva a pensar que la infancia sea otra cosa que un tiempo en el que se apretan los dientes y se aguanta.”

J.M.Coetzee. Infancia
La desmistificación de la infancia ha continuado desde la época de la niñez de Coetzee por varios caminos. Su estatuto ha variado como efecto de la crisis de sus soportes modernos: familia, escuela, estado e iglesia. Y en nuestro país, pero no sólo aquí, los ultimos años han ejercido, además, con la brutal redistribución de bienes y de accesibilidad a servicios y consumos un trabajo de demolición generando una precarización y desprotección nunca vistas.
Desde la década del noventa ha habido un incremento de sentimientos nihilistas, de desánimo y de “transmutación de valores”. La transferencia que se depositaba sobre las instituciones que organizaban la vida social bajo la hegemonía de los estados nacionales se ha ido debilitando. Esto se percibe nítidamente en relación a la caída de la credibilidad de las formas de representación social y política. La situación ha ido involucrando a todas las transferencias y a todas las representaciones aunque de manera desigual. Por ejemplo se mantiene en mucho mayor grado en relación a repesentantes de la cultura, el arte y el deporte que a los de la política. En un plano intermedio están los profesionales de la salud y la salud mental.
Es que la organización social misma ha ido mutando insensiblemente los pilares en que se apuntalaba. El “mercado” y el predominio de las relaciones de consumo que éste impulsa han desplazado, casi arrinconado, a las anteriores fundadas en la transferencia sobre símbolos e intituciones que hacían a nuestra “identidad”. Freud le escribía en 1933 a Binswanger que descansaba en Austria: “Espero que disfrute de sus vacaciones, y que se alegre de tener una patria”.
La consulta psicoanalítica está también teñida de la falta de esa transferencia que sostenía curas intensas y prolongadas y concurrencias regulares. Las ausencias frecuentes, las interrupciones de los tratamientos cuando los síntomas se atenúan y la impaciencia tienden a predominar. “Esta resistencia a entrar en el circuito transferencial significa que si la economía de mercado trata a los sujetos como mercaderías, los pacientes también tienen tendencia, a su vez, a utilizar el psicoanálisis como una medicación, y al analista como un receptáculo de sus sufrimientos”.
La consulta de niños y adolescentes no escapa a las condiciones en que transcurre la consulta psicoanalítica general. Los padres son cada vez menos receptores de una transferencia que les suponía un saber. Homero Simpson ha desplazado al anacrónico Papá lo sabe todo. Padres y madres son cada vez más proveedores de medios de crianza, aún cuando mantengan sus funciones clásicas. Provedores de servicios para pequeños usuarios, futuros consumidores. Pero el saber que se les suponía (solemnizado y acartonado tantas veces) está siendo destituído. Lo que genera una inédita apertura y cuestionamiento de “modos de ser” y a la vez adelgaza lo que las generaciones precedentes pueden transmitir como bagaje a los nuevos. Incluso, como veremos, se produce una suerte de homogeneización en relación al uso de objetos nuevos y a la “educación” en el consumo. En un país cada vez más dividido que excluye a amplias franjas de niños y jóvenes del acceso y disfrute de bienes imprescindibles, esta lógica se presenta aún en quienes quedan excluídos. Los padres de niños y jóvenes que se encuentran marginados sufren el dolor, la impotencia y especialmente la ansiedad de no poder cumplir con sus funciones proveedoras y nutricias. Y todos se encuentran con enormes dificultades para poner límites a los nuevos hábitos ligados al consumo de sus hijos.

“¿Post-mocosos?”

Como señalamos, la modernidad está agotando su potencialidad de instituir infancia. La infancia moderna desvalida, frágil, pre-freudianamente ingenua, irresponsable, inimputable y básicamente determinada ya no es lo que era: esa infancia pensada a futuro, educada como soberana y cuidada por una alianza entre el Estado-Nación, la familia, la escuela y la iglesia.
Hoy con estados que apenas saben como seguir siendo naciones las familias se van pareciendo a lugares de encuentro, o desencuentro, entre vidas privadas. Por su parte, la escuela pretende enseñar a chicos que ya “saben” y que, en muchos casos, deben básicamente desaprender. Y a veces no pueden.
Mientras nosotros y la escuela seguimos pensando que los niños deben escuchar y memorizar, concentrarse y quedarse quietecitos, una avalancha de niños cuya atención está ordenada de otros modos y la bebita “animatrónica” de la publicidad de una compañía telefónica que habla, elige y dirige nos plantean otras figuras.
Infancia debió escribirse siempre en plural. Pero si antes la infancia se dividía básicamente en dos compartimientos: el de la infancia cuidada y el de la vigilada; hoy la pluralidad de infancias hace dudar de si seguimos hablando de la misma cosa, o si la noción misma ha estallado. Y nos encontramos con niños que son hijos de marcas, prácticas y discursos cuyo pretendido monopolio parental-estatal-escolar ha sido globalizadamente destronado por una saturación mediática que altera de modo profundo la raigambre de filiaciones y linajes. Pues sobre las marcas también se produce una formidable transferencia y un deseo de pertenenecia. Al decir post-mocosos pretendo aludir a una época, la post-modernidad, de niños instituídos desde otros lugares, los medios por lo pronto. Una época de familias, estados y escuelas desbordados como productores predominantes de subjetividad en la que los niños que se presentan no encajan, no se adecúan a las representaciones de una infancia que ya no es.
¿Cómo no va a estallar en la escuela el conflicto entre la temporalidad ávida del consumo y los pacientes ritmos que requiere la construcción de un saber? ¿Para el ejercicio de qué ciudadanía se educará a quien ya no será soberano ni siquiera de sí mismo?
En estas condiciones la producción simbólica, fantasmática y lúdica necesaria para una apropiación mutua entre el futuro sujeto y su cultura se realiza en cámara rápida. La velocidad cibernética no siempre permite que la biología humana se acompase a sus ritmos. A los niños de hoy, bombardeados de estímulos, se les presentan, por ello, dificultades adicionales para la perlaboración de un polimorfismo sexual permanentemente acicateado que, laboriosamente en el mejor de los casos, puede llevarlos a producir -jugando- sus propias mediaciones y personajes. Y entonces los niños, como el país, toman el atajo de comprar la película hecha. Y los padres el psicofármaco.

Juego y consumo

“Sin mis personajes no sería la persona que soy. Sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa…”. José Saramago

Como efecto de época podemos constatar a esta altura que no hay “la” infancia. Hay infancias. Pero lo más terrible es que una de esas infancias es la de los niños que transcurren su niñez sin experiencia de infancia. Esto es sin contar para sí con la representación de una imagen de niño como hombre del mañana, sin proyecto, sin nación que lo instituya como ciudadano necesario, y sin un porvenir que lo espere en alguna esquina del futuro. No registrar la presencia de esa infancia es incurrir en desamparo por anacronismo.
Esa infancia es producida por el polo excluyente del consumo mientras otras lo son por su faz inclusiva. Pertenecer no sólo tiene privilegios, aunque así parezca. Las prácticas del consumo son desbordantes y descontroladas. Para la subjetividad consumidora siempre hay algo pendiente que insiste y dispersa. Como red de prácticas el consumo desbarata la protección y resguardo que caraterizaba a la infancia moderna. De una manera persistente y subterránea su lógica produce un estallido de la lógica familiar. Y resulta que a los niños se les pide que ejerzan un control sobre sí, sobre las apetencias despertadas por la publicidad sobre las que los propios padres no pueden controlar, el consumo mismo.
El flujo de imágenes que el consumo instaura como nueva habla social se basa en la seducción y se dirige a una dimensión estético pulsional que funda un nuevo narcisismo y no a una conciencia “ideológica”. Por ende se torna casi un simulacro la pretensión de instaurar una distancia crítica.
Lo que se ve desplazado desde la inducción y performatividad de las imágenes y los significantes de los mensajes mediáticos es la noción de narratividad. Y un narrador, como Saramago es quien alude a personajes.
El jugar es, en la infancia, lo que posibilita esa creación de personajes que darán consistencia al esbozo. Pero justamente ese jugar creativo se ve afectado desde este presente. Recuperar, potenciar y valorizar los espacios de juego creativo es un dique al arrasamiento de una narratividad lúdica jaqueada desde varios frentes.
Mencionamos ya el de la temporalidad. En el predominio de la actualidad ansiógena del consumo se desvanece el futuro como proyecto. Y si el porvenir es, entre otras cosas, el repertorio de sueños e ideales con que se incide en el presente para construirlo como tal, el hoy queda sólo a merced de un presente despojado de futuro. Es lógico entonces aferrarse a los productos que nos ofrece. Pues este acelere se acompaña de una inundación de gadgets que nos llevan a otra cuestión: la homogeneización y borramiento de las diferencias entre niños y adultos en relación a los consumos. “Los juguetes de los niños de hoy son también los “juguetes” de los adultos. Y los juguetes de los adultos .-teléfonos móviles, laptops, autos, iPods, etc- tienen cada vez más un diseño infantil”. Si los chicos juegan a ser grandes porque hay una distancia a recorrer y un deseo de hacerlo cuando ésta se instaura, y si los grandes juegan como chicos (peor en realidad pues los chicos son mucho más rápidos para absorber las novedades). ¿Por qué crecer ?
Por otra parte, esa incidencia del consumo nunca ha alcanzado tanta intensidad. Se ha instaurado una especie de insaciable “carrera armamentista” en la que juguetes cada vez más caros envejecen cada vez más rápido.Como los autos y los celulares. Y nos hipnotizan, a los que consumimos y a los que quedan con la “ñata” contra el vidrio.
La publicidad es quien se encarga de dar imagen y significación a las marcas que marcan ese territorio profundo que llamamos ingenuamente “uno mismo” donde parecen haberse alojado no sólo las huellas de experiencias vitales sino también las marcas de las marcas comerciales. Nuestra subjetividad ya no alberga solamente los arrorroes y mimos, los olores y las voces, los nombres y apellidos. También ha sido colonizada por las marcas. Horadada la roca moderna del hogar nido, nuestra intimidad se ha tornado cada vez más extimidad.
James McNeal describe en su libro de marketing para niños el proceso de socialización en la sociedad de consumo de un modo contundente: ”Cuando llega el momento en que el niño puede estar sentado derecho se lo instala en su puesto de observación culturalmente definido: el changuito del supermercado.” Luego, dice, caminará a un costado.
Claro que criar en el consumo no es fácil. Ir al “súper” hoy, para muchos, tampoco. Si no resiste la miseria, resisten los padres. Paciente, McNeal alecciona: “A menudo sucede que los padres no hagan caso o rechacen la demanda de sus hijos. Los niños pueden tener problemas con esas reacciones. Puede haber enfrentamientos, discusiones, palizas y rabietas, todo lo cual puede resultar fastidioso para ambas partes. Hay maneras de prevenir esos resultados y maneras de manejarlos, en particular si los padres confían en la ayuda de los comerciantes interesados”.
Si en la modernidad los padres eran los agentes de socialización primaria de los niños ahora, en cambio, la publicidad asume la tarea de “educarlos” a ambos simetrizando a padres e hijos para que hagan carrera como consumidores. Casi un post-grado. Una maestra comentaba hace poco: “Los medios son otro maestro en el aula”. Las marcas ofrecen una pertenencia que pretende parecerse a un linaje. En el Medioevo éste se fundaba en el vínculo con la sangre y la tierra. Luego, durante el ascendiente capitalismo, en los oficios. Ahora que el acento ha pasado de lo que se produce a lo que se consume, es lógico que sean los consumos los que socializan, integran, identifican. Por eso que una reciente publicidad de Coca-Cola nos emociona: es para todos.
No creo que la perspectiva ante este cuadro sea enarbolar un retorno a una supuesta y bucólica simpleza de lo “natural”. Somos seres históricos y, según Freud, animales protésicos. Sólo a través de nuestras creaciones (de toda indole) -y de allí la importancia de lo trancisional- podemos conectarnos con el mundo que nos rodea.
Este hombre, “protésico” utiliza desde la prehistoria medios artificiales como el fuego, la rueda o la escritura. “Lo más natural para el ser humano es crear lo artificial” . No sería hombre si no lo hiciera. Pero esto es algo muy diferente a establecer un lazo social basado en el consumo o que pretender suplantar la condición social del hombre por artificios técnicos.
Desde Frankenstein, la alteridad, lo no humano dejó de ser representado como atávico, como un indómito resto de naturaleza, casi siempre diabólicamente impregnada. Si antes se trataba de ser, como Pinocho, de “buena o mala madera”, hoy ese lugar de metáfora lo ocupa lo artificial, lo maquinal en la modernidad; o lo tecnológico, cibernético o genético en la actualidad. Esa es la alteridad a conjurar hoy.

¿Inteligencia artificial?

Inteligencia Artificial, la película cuyo guión se basa en el relato Supertoys last for ever, de Brian Aldiss, nos presenta a David, un sofisticado autómata con aspecto de niño que es “adoptado” por una familia cuyo hijo está en un coma que parece irreversible. Lo que ocurre es que, fuera de programa, David se enamora del cuento de Pinocho que su “mamá” le relata amorosamente. El muñeco de Gepetto quería ser niño. David también comienza a anhelar ser humano. Quiere ser hijo, tener mamá, papá, linaje; ser libidinizado, amado. ¿Pero porqué querría un muñeco convertirse en niño? ¿Porqué particularmente David “querría” exponerse a la finitud si contaba con pilas que le iban a durar “for ever”? Tal vez la respuesta esté en que los muñecos no crecen. Y los niños, al menos en la época de Collodi, en tanto hijos que son niños, además de recibir amor quieren crecer. Por eso juegan. Porque quieren hacerse adultos, alterar su condición de niños, de promesa. Y tener futuro.
En el mundo de David los únicos que reclaman por retornar a formas naturales de vida y procreación son los integrantes de una secta esotérica. Ellos combaten lo artificial y organiza rituales fantasmagóricos. A eso han quedado reducidos en ese futuro ficcional los opositores al dominio absoluto de una tecnología al servicio del cientificismo.
David cual perfectísimo “tamagotchi” es una ciber-mascota que suple a un niño moribundo. Mascota etimológicamente es una persona o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte, que como los sonajeros, ahuyenta los malos espíritus. Y David lo logra, ya que su “hermano” el hijo real sale del coma después de su llegada para convertirse en su rival.
Una mascota es domesticable, dominable, es casi un juguete. ¿No hay acaso una variedad de caniche que se llama “toy”? Pero resulta que lo más valioso que los animales traen al domus, a los dominios de la casa es lo que es de fuera. Lo que escapa justamente al dominio. Lo extraño corporizado en esa cosa peluda que salta, ladra, pía, rasguña, rompe. Esa extrañeza es reducida por la domesticación. En la medida en que esa reducción se aproxima al cero el proceso que antes describí se apaga. Por eso el valor que los animales hogareños tienen para los niños reside en que se mantenga, en que los conecte con lo de cachorro que en cada niño hay y lo aleje del autómata. En que no se mascoticen demasiado.
Como contraste las mascotas electrónicas que pulularon aquí y allá no hace mucho parecen cumplir otra función. A una muñeca clásica, (o un muñeco) se le agregan cosas, necesidades, fantasías. En los tiempos en que cada niño los programa. Los que él o ella necesiten para sentir que pueden responder a lo creado. En cambio con los electrobichos ocurre otra cosa. Al lado del aspecto muy seductor que proponen: hacerse cargo del cuidado de “alguien”, lo que termina ocurriendo es que imponen su programa. Y lo esencial es que exigen respuesta a sus demandas. Educan a nuestros niños para responder, desde tempranito, a demandas tecnológicas. La pregunta que como adultos podríamos hacernos es: ¿eso es lo que queremos?.
La inteligencia humana no es un producto natural, tampoco artificial, sino social. No es a botón. “A diferencia de los animales, los seres humanos no sólo transformamos el mundo en el cual vivimos sino que generamos nuevos mundos; mundos que una vez producidos obligan, para su transformación, no sólo a apelar al conocimiento sino a toda la astucia, la audacia, para sortear el riesgo”. Mundos que difieren de la repetición de las arañas y sus telas, las abejas y sus panales, los horneros y sus nidos o los castores y sus diques. Una inteligencia que sólo se plasma, como señala la colega citada, cuando se apuntala en la mediación de los otros significativos para la vida de ese bebe. Un pensar surge en ruptura con la información biológica, con los hábitos que rutinizan el razonar, y en franco contraste con los automatismos. Cuando David “piensa” o “siente”, cuando “se da cuenta” de que es un autómata producido en serie y no un niño se “angustia” y su programación se desbarata.
Inteligencia artificial puede pensarse como una metáfora donde la crianza, fundada hasta hoy en los lazos libidinales y el anhelo narcisístico de trascender en los hijos, es reemplazada por baterías. Que además, en el caso de nuestro joven “protagonista”, son casi eternas. Frente a este panorama, ¿no será que en lugar de ponernos y ponerles a nuestros niños las pilas se trata, en cambio, de sacárselas?.
El problema no es el empleo humano de lo artificial, el problema es su fetichización. Y justamente ese lugar de sustituto fetiche-descartable era el que ocupaba David.
David era un autómata. Pero muchos niños que padecen de cuadros severos de lo que se llama ( y no ha de ser casualidad la elección del término) “espectro autista” sufren de una espectral desvitalización. Se viven como artefactos, no como cachorros humanos, como vivientes. Su existencia se ve limitada a sobrevivir como “máquinas” aparentemente desafectivizadas.

Perfiles

La subjetividad moderna estaba centrada en la formación de futuros ciudadanos respetuosos de la ley y el deber productivo así como en la represión de la psicosexualidad infantil. La infancia en este contexto era la moratoria formativa basada en la educación no sólo como capacitación sino como formación básica y herramienta principal de integración social.
En consonancia los niños presentaban a la consulta problemas que mayoritariamente se podían ubicar como sintomáticos (de una conflictiva internalizada) o deficitarios. En el primer caso los discursos y prácticas sociales habían generado una subjetividad escenario de conflictos que pasando por la angustia derivaban en síntomas. Clásicamente las fobias, las obsesiones o la histeria. La debilidad mental respondía en general a fallas genéticas y ambientales. Autismos y psicosis infantiles eran cuadros mucho menos frecuentes.
La situación actual es muy otra. La contención que supone una formación clínica organizada y capaz de producir síntomas ha cedido el centro del escenario a formas de subjetivación donde la organización falla. Las neurosis se basan en la represión como mecanismo estructurante y defensivo frente al deseo teñido incestuosa y autoeróticamente. En cambio actualmente constatamos un incremento de otra formas de subjetivación impulsadas por la desorganización, la precariedad y por la exigencia de eficiencia. Parece que a los tradicionales principios freudianos de placer y realidad habría que agregarle otro principio: el de rendimiento. En él se entremezclan las fantasías de lo que los padres esperan y la sociedad demanda. Lo que va ejerciendo una brutal presión sobre los recién llegados. Desde la entrada misma al jardín de infantes surgen en los padres expectativas y presiones que antes de presentaban casi al finalizar la primaria. Entonces esa moratoria de exigencias y de postergaciones que Freud llamó latencia se volatiliza. La precocidad de las demandas dispersa o excita cuando no aplasta o desorganiza.
En estos últimos años ha aumentado francamente la consulta por niños que presentan cuadros donde no encontramos instancias recortadas y en conflicto, sino daño. El DSM IV los agrupa como Trastornos generalizados del Desarrollo. En ellos, ciertas matrices de la subjetividad no se constituyeron, se han distorsionado o deteriorado. Sin que esto implique un registro reflexivo, un acuse de recibo, conflicto o angustia. En lugar de síntomas hay funciones inexistentes o trastornadas, entonces no hay habla, discriminación, autonomía ni escritura. No hay una representación de sí, o bien no la hay diferenciada del Otro, madre en general. Por ende hay dificultades severas en sus posibilidad de establecer lazo social.
En situaciones cercanas al autismo trabajar implica un intento de rescate de dimensiones de logro y simbolización desde las cuales apostar a reformular lo que se presenta como un páramo ante quien se vive como un robot o un espectro. O sea no se tratará (por lo menos no solamente) de escarbar la superficie de la Roma freudiana para develar las verdades que sus ruinas ocultan. Porque a poco andar nos hallaremos en medio de cráteres donde nada parecería poder brotar. Más allá del develamiento de lo inconciente hay una tarea de producción por delante.
Si los autismos semejan desiertos, las psicosis infantiles parecen urbes psíquicas superpobladas por abigarrados racimos de seres fantasmagóricos. Tanto más terroríficos cuanto más fragmentados, cual objetos parciales.
Este incremento ocurre en familias con una inserción social precarizada, donde las preocupaciones han absorbido la libido parental dejando al niño desinvestido o ubicado en lugares y funciones nocivas. Los modos de inscripción de los niños en la vida y fantasmáticas parentales no están al margen de estas dimensiones socioculturales y epocales. Así, ellos no han sido tomados y respetados en su alteridad en los lazos fundantes. Sin generalizar se pueden verificar en la clínica los lugares fantasmáticos que ocupan para sus padres. Si en épocas prósperas un niño “venía con un pan bajo el brazo”, ahora son presa de deseos muchas veces “enfermantes” Así al ocupar lugares de muertos, de “espectros” de otros, al ser vivenciados como hijos de una relación incestuosa, o ser ubicados libidinalmente como “cachos de carne con ojos” se encuentran en una situación de partida claramente desventajosa y patógena. Una situación que no es la falicización que la madre pueda hacer de un hijo que la colma sino un lugar de objeto fantasmático, fuente de goce y daño.
Los llamados “Déficits Atencionales”, cuya sigla en inglés es ADDH, nos plantean otro tipo de dificultad. En ellos la hiperactividad y la dispersión promovidas por la aceleración de los ritmos cotidianos y las expectativas de eficiencia dificultan el aprendizaje y el lazo social con pares. Se inscribe también en estas coordenadas la imposibilidad de aproximarse a ideales socialmente valorados, tal el caso de la depresión o, en las niñas y adolescentes los cuadros de bulimia y anorexia. Cuando las metas de integración social digna se tornan inalcanzables y ante el franco contraste de posibilidades que deriva de una organización social donde el mercado ha pasado a ser el principal factor de integración social, aparecen vías mesiánicas de salida de lo insoportable a través de transgresiones en diferentes planos, aún en niños: adicciones, alcoholismo, pasajes al acto. Modos de hacerse visibles que contrastan con la invisibilidad a la que destina a miles de niños la exclusión social en las figuras del desamparo y la marginalidad.
Como analistas esto nos obliga a contemplar la necesidad de contención elaborativa y de recuperar un espacio de protagonismo lúdico para quienes se encuentran tensados entre la posición de marioneta o la de espectadores.
El recurso, el medio de abordaje para estas situaciones en la infancia es el despliegue lúdico de los aspectos más cercanos a la pulsionalidad. Los espacios de juego transferencial permiten intervenciones que apuntan no sólo a retrabajar lo reprimido sino también a producir una infancia que aún no fue.
¿Qué lugar pueden tener en esta tarea los medicamentos? 

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