JUSTIN, EL FALSO NIÑO GENIO

Justin Chapman es un niño norteamericano de 8 años que fue separado de su madre al comprobarse que ella había falseado sus evaluaciones de inteligencia. Ella lo promovió como un superdotado, al punto que a los 5 años lo anotó en una escuela secundaria on line y, a los 6, Justin tomó cursos en una universidad de Nueva York.
¿Qué importancia reviste un caso como el de Justin? ¿Qué importancia darle desde nuestro Sur devaluado, desde nuestras escuelas?
Desde ya que no sería ético centrarse en la posible patología de Justin sin contar con más elementos que los periodísticos. Sería una especulación. Tampoco se trata de diagnosticar la problemática materna a tanta distancia. Pero tal vez podamos aproximarnos a la situación que dio lugar a lo ocurrido y tomar algunos ejes para su análisis.
Hace un tiempo, el psicoanalista Octave Mannonni definió de manera breve y brillante la subjetividad moderna. “El hombre moderno es el hombre de la antropometría y de las humanidades, el hombre al que se asiste, se controla y se mide.”
Justin ha sido “inventado” dentro de esa serie. La madre lo “produjo” guiada por un “principio de rendimiento”. Le fraguó un cociente intelectual de 298 a los 6 años, y echó mano a puntajes psicométricos. Las mediciones de inteligencia, cuya utilidad orientativa es innegable, más que reflejar un acontecer funcionaron para la madre de Justin como un sistema autorreferido. Igual que funcionó la escuela para un joven a quien sus padres me derivaron para que intente reencarrilarlo en el sistema educativo formal. Él definió la cosa en sus términos: “Juan, la escuela educa muy bien… para la escuela”.
Pero resulta que Justin casi no fue a la escuela. Su mamá lo conectaba por mail o internet a locus de aprendizaje diversos. Todo en casa. Las evaluaciones cara a cara fueron sustituidas por el correo, o por evaluaciones para completar en el hogar. Pero algo estalló. El niño de 9 años que disertó en siete conferencias sobre las necesidades especiales de los niños superdotados, el niño al que su madre quería abrir puertas, el que apareció en un documental de la BBC sobre niños genios, y que dormía sólo entre dos y cinco horas por noche, empezó a negarse a trabajar, a patear las paredes de la escuela para niños excepcionales donde lo habían anotado, previo apoyo de patrocinadores financieros. En noviembre fue internado por ingerir un frasco de pastillas. Dijo que no quería seguir viviendo y que quería “ser otra persona”. O quizá tan sólo una, ¿no?
Serge Tisseron se pregunta en el último número de Le Monde diplomatique: ¿cómo no van a buscar los niños refugio y pertenencia en lecturas y películas como Harry Potter, El Señor de los Anillos o La guerra de las galaxias? ¿Cómo no anhelar ser parte de un mundo que los integra a través de un imaginario compartido cuando el religioso ya no les atrae y el mundo muggle se va desencantando? Cuando, como Silvia Bleichmar ha denunciado, el “taylorismo educativo” lleva la exigencia de rendimientos cada vez más cerca de la necesidad de alimentarlos con pastillas. No es cuestión de distraerse. En un mundo bipolarizado en cuanto a ofertas y exigencias, los niños “cuidados” son sobreexigidos, y los niños y familias marginados son subestimados y subestimulados. Los primeros enferman, los segundos se invisibilizan.
En un mundo anonimizado, donde el cara a cara está cada vez más mediatizado, ¿quién podría asombrarse demasiado de que Justin casi no haya ido a la escuela? En un mundo cada vez más inseguro, ¿por qué no quedarse en casa? Renunciar a la personalización, despreciar la importancia de los espacios públicos y sus necesarias regulaciones, hipertrofiar sin contrapartidas los rendimientos, las velocidades y las precocidades, pretender restringir los espacios habitables a islas o reservas “ecológicas” privadas nos pone en riesgo de que el planeta se convierta en un conglomerado de Jurassic Park. ¿Qué lugares atractivos de integración se abren fuera de los “star-systems” del deporte, la inteligencia, la música o la belleza que no paran de enceguecernos a fuerza de encender luces? Si hasta una publicidad de Coca Cola registra esta fractura. Por eso su mensaje emociona: “Para todos”. Ya lo había dicho Nelly Schnaith: “La realidad no debería ser sólo un dato, también podría ser un trofeo”. Y no sólo para algunos. Para todos.

Publicado en revista “3 puntos”.