INTRODUCIENDO EL NARZOOCISMO

(Presentacion en encuentro Castoriadis 2005)

Les pido que imaginen la escena. Es de mañana en el Zoo de Buenos Aires. El otoño colorea el paisaje de jaulas y recintos entre los que se recortan las siluetas de un grupito de ocho chicos de entre 6 y 9 años. Vienen caminando y charlando de los corrales de la granja donde acaban de alimentar a patos, gansos, gallinas, cabras, ovejas y conejos. Visten, a escala, la ropa de los cuidadores. Uno de ellos hizo de guía para tres que concurren por primera vez. Se llama Fausto y hasta hace poco su mundo se limitaba a su habitación que funcionaba como un refugio. Mientras señalaba haciendo un arco con su dedo índice por sobre los corrales les dijo a los nuevos: -“Este es mi mundo”.
Además de alimentar a los animales y sus crías Gabriel, Estanislao, Johseline, Luciano, Sebastián y Damián y Lucas han hecho ese día otra cosa más. Los bautizaron. A los conejos y a un cabrito. Fausto, además , muy respetuosamente le preguntó a la madre cabra:-”Señora, ¿puedo jugar un rato con su hijo?”
Mientras esto ocurre sus padres y madres estan reunidos con la trabajadora social del Programa en una salita ubicada arriba de las jaulas de los murciélagos. En la intimidad de ese encuentro le confiesan angustiados algo que los aflige a todos. Una madre se erige en vocera: -”Lo que pasa es que no podemos creer que ellos vaya a ser independientes y autónomos algún día”. Otra acota: -”Me da pánico que vaya a la plaza o viaje sólo”.
Los chicos no escuchan, están en la plaza de juegos. Gabi comienza a moverse de un modo cómico y dice: -”Soy una mayoneta”. Una acompañante hace como si moviera sus hilos. Entre todos arman un juego. Casi un teatro. Piden público y aplausos. Se asignan, a veces a media lengua, personajes. ¿Cómo creen que se llama la obra? Los increíbles.
La imaginación creadora de personajes se contrapone, a partir de la configuración de un nosotros anudado por una fantasía común, a los fantasmas parentales. Fausto me mira mientras entran y salen de una casita-guarida. Con un gesto pícaro y una voz enfática me dice: -”Acá está pasando algo…!!!”

Lo que les acabo de comentar es parte de la actividad del Programa Cuidar-Cuidando creado a fines de 1990 que realizamos desde una institución pública: el Hospital Infanto-juvenil Carolina Tobar García.
Contacto Animal, publicado el año pasado, da cuenta de los esfuerzos de muchas imaginaciones desplegadas en la invención de un dispositivo que, por suerte, dista de estar completamente inventado. Como los niños y jóvenes que en él se desempeñan..
Los más chicos concurren en grupo y podríamos decir que juegan a que son granjeros. El eje de su praxis es una conexión lúdica con los animales que favorece, trancisionalmente, el lazo social con sus pares. Reparten su tiempo entre los corrales, la plaza de juegos y una merienda compartida.
Los adolescentes, en cambio, asumen responsabilidades sobre animales y zonas de trabajo, y la vinculación más fuerte es con el cuidador y los saberes que éste transmite. Los animales son mas bien intermediarios y si bien lo lúdico impregna su quehacer ellos ya no vienen a jugar, vienen a aprender un oficio. Y en vez de emrendar, almuerzan juntos.
En el zoo los chicos y jóvenes no son pacientes. Formalmente hablando, no son objeto de ningún quehacer terapéutico. Tampoco son alumnos. En tanto aprendices son sujetos de una práctica que se funda en el rescate de su curiosidad y de sus posibilidades de establecer nuevos modos de lazo social.
La incorporación de chicos y jóvenes al Programa es una propuesta, no una imposición. Sólo quienes ubican en los animales algo significativo para ellos vienen establemente al Programa. A ellos no los trae la obligación los sostiene la curiosidad. Una curiosidad despertada por lo diferente, lo distinto. Lo otro, esa alteridad que los animales presentan y a la que la relación con los cuidadores permite acceder. Nos preocupó siempre respetar esa dimensión extranjera a nuestros dominios evitando un proselitismo “psi” sobre los cuidadores o convertir a los animales en mascotas. Resocializar no es domesticar es, en todo caso re-totemizar. Para eso nada mejor que el zoo, un lugar de infancia. Para nosotros, otro de los nombres de la infancia.

Caballos de Troya

En una entrevista realizada en Chiappas por Eduardo Galeano y publicada en Página 12, el Subcomandante Marcos respondió a la pregunta del porqué de los pasamontañas que le cubren la cara aproximadamente del siguiente modo: “Los usamos, primero por coquetería, pero básicamente porque detrás de estos pasamontañas estamos ustedes”.
Como Marcos, los animales podrían decirles a nuestros chicos: -“Detrás de estos vidrios y estos cercos estamos, ustedes”. Lo temido, negado, suprimido, lo otro de ustedes, lo que anhelarían para ustedes, lo que no miente. Podrían decirnos (como en las fábulas): “esto también es suyo, haganse permeables a esa “animalidad” rechazada en lo humano”.
Bruno Bettelheim describió el autismo como una “fortaleza vacía”. Los animales pueden ser nuestros “caballos de Troya” con los que desembarcar dentro de esos amurallados y espectrales recintos y, desde, allí plasmar intervenciones que ayuden a diseñar nuevos modos de lazo social con otros y de intimidad consigo mismo.
Justamente en el zoo, el posicionamiento como pequeños aprendices los impulsa a hacerse cargo del cuidado y del desciframiento de ”eso” soportado en los animales. Si ese soporte es soporte fantasmático (por algo vienen, ¿no?) y son los fantasmas parentales primero y los propios luego quienes “tienen de hijo” al niño, aquí son ellos los que “tienen de hijos” a los animales, quienes los adoptan, los bautizan. Salen de los recintos gruñendo o persiguiéndose como el pacientito de Rosine Lefort que sólo podía expresar su agresividad gruñendo en cuatro patas. Y hacen con esa máscara mediadora animal material de un juego. Juegan y cuidando se cuidan al cuidar en el otro lo que tal vez sea lo más propio de ellos. Reapropiarse de ese narzoocismo es lo opuesto a convertirse en marioneta haciendo con “eso” que está del otro lado material de un juego, no de una programación.
En total han pasado por el Programa unos 450 chicos y 8 fueron contratados en diversos puestos y momentos por el jardín.
En este Programa se entrecruzan estas problemáticas de los niños y jóvenes de hoy con las propias del heterogéneo campo de la salud mental. Lo hemos pensado y repensado interdisciplinariamente a lo largo de quince años de práctica institucional pública en los que intentamos que no sólo habite ese campo, sino que aporte a su transformación.
Dos anécdotas fertilizaron el suelo donde creció nuestro proyecto..
En una asamblea periódica de la que participaban profesionales, enfermería y los jóvenes internados Mariana, una joven que se recuperaba de una descompensación, comenta ante el festejo organizado (por T.O. con torta y sandwichitos) con motivo de su próximo egreso: “Por qué tanto festejo, si yo en dos o tres semanas voy a estar de vuelta aquí”.
Marcelo, un tan lúcido como perturbado muchachito, escribió en una pared del quinto piso: “En este lugar, todo encuentro casual es una entrevista”. .
Inventar un afuera trancisional, tender puentes, evitar que el azar de los encuentros se tiña de ortopedia aplastado por nuestra “tecnología”, instituir y no sólo ser afectados por lo instituído, generar una ocupación con sentido, no desgajar la cura de la reinserción social fueron preocupaciones y pasiones que alimentaron nuestro invento.
A través de Cuidar-Cuidando niños y jóvenes derivados desde hospitales y escuelas del ámbito público concurren entre una y cuatro veces a la semana al zoo para desempeñarse como aprendices de cuidadores. Comenzamos con adolescentes y hace 6 años se incorporaron chicos de 6 a 12 años a raíz de sus insistentes pedidos pues pese a que aún no podían trabajar con un cuidador igual querían venir.
Claro que el proceso de incorporación de los chicos al Zoo bien podía ser un mero injerto y no un dispositivo de reinserción que apunta a la integración social. Ni el lugar “per se” ni siquiera los animales garantizan una práctica subjetivante e integradora. ¿O cuánto hace que los chicos van de paseo al zoo con sus familias, o que incluso niños y jóvenes con severas dificultades son llevados por sus escuelas o instituciones a tomar contacto con los animales?
El zoo podría ser un lugar de explotación de chicos o, un taller protegido o un lugar más al que obligadamente y, para matar el tiempo concurren los pacientes del hospital. Sin embargo, un cartel del recinto de los elefantes nos dió pie para elaborar un planteo diferente. Allí se sugiere al público que busque a Roberto, el cuidador responsable del sector. Dice el texto que él es, a su vez , hijo de cuidadores. Y estimula a los visitantes a preguntarle porque -dice- “tiene muchas cosas que contar”.
Porque no sólo a los chicos les hacen falta los cuidadores. Eso lo presumíamos. También podemos decir que a los cuidadores “les hacen falta” los chicos. No se trata de bonhomía, o de amor solamente. Hay una co-implicación mutua. Y el punto de encuentro anuda la curiosidad infantil por un lado con el deseo de trascendencia del otro armando una suerte de filiación a un linaje de trabajadores. Un linaje exogámico generado en el marco de una “sociedad” que si bien es de responsabilidad limitada, nunca es anónima.

Martín

Hasta el año y medio el desarrollo es Martín es recordado como normal. Decía sus primeras palabras y parecía interesado en lo que ocurría a su alrededor. Una enfermedad banal fue el inicio de un encierro progresivo. Se “apagó” me confiaron, como si de un aparato se tratara. Se fue replegando hasta dejar de hablar, incluso de comer. Recuperado deambulaba sin poder hablar y sin saber que hacer. En el Jardín no se relacionaba con otros chicos excepto cuando lo tomaban de la mano y el se dejaba llevar. Entendía las consigna de sus maestras pero por momentos le daba por morderse la mano o agarrarse el pito y frotárselo masturbatoriamente. Fue incorporado a un Hospital de Día donde le diagnosticaron un Trastorno Generalizado del desarrollo no especificado. Allí inició un tratamiento y fue medicado con dosis pequeñas de un antipsicótico por un neurólogo. Ambas cosas lo ayudaron a organizarse. Tenía cinco años. Un año más tarde comenzó a ir a equinoterapia pues le gustaban mucho los caballos y sorprendió a todos con el equilibrio que lograba arriba la montura. Su mayor dificultad como jinete era la falta de atención. Se ensimismaba o dispersaba balanceado por el animal..
A los siete años se incorporó a la actividad de los lunes de Cuidar-Cuidando. Al comienzo básicamente deambulaba se escapaba de la granja. Oscilaba entre lo inanimado de un rincón donde explora piedras y un lento ingreso en los corrales donde alimenta a patos y conejos. Un fotógrafo del zoo que lo vió al inicio y un año después registró un cambio muy importante en su actitud y conexión. Nos comentó: -”Ahora mira”. Su terapeuta cuenta que desde que viene al zoo intenta silabear, juega con “ecos” y maneja mucho mejor su cuerpo y su fuerza.
Antes “clasificaba” a sus animalitos de juguete, los golpeaba o sacudía y punto. Desde que viene a la granja juega con ellos. Arma escenas, los hace emitir sonidos y comunicarse entre sí. Antes tenía pánico a la tortuga, ahora tiene un perro sobre el que aprendió a fijar la mirada. Esta organización de su campo escópico le permitió otro logro, aprender a andar en bicicleta, cosa que antes no lograba pues no prestaba atención a recorridos y obstáculos y terminaba en el piso. A su vez la “bici” amplió sus espacios de socialización con chicos vecinos de su edad. Hace poco nos comentaron que en equinoterapia aprendió a “tomar las riendas” y conducir al caballo. No es poco.

Enrique:

Fue derivado desde el CENTES 2 y el Hospital deTarde “La Cigarra” por presentar severos trastornos de conducta y aprendizaje que hacían sus catorce años muy difíciles de soportar para su familia y la escuela. Identificado con algunos rasgos violentos de su padre y
con un tinte paranoide intenso, le habían “diagnosticado” un cuadro de “infactibilidad escolar”. Concurre varios años al zoo en calidad de aprendiz y luego de varias dificultades y puestas de límites por parte del equipo y los cuidadores se va insertando en un puesto de trabajo. Los cuidadores le dejan indicaciones escritas que comienza a sentir necesidad de descifrar. Se interesa mucho además por hacer lo propio con el comportamiento animal. Accede a tomar unas entrevistas con una psicopedagoga que logra un buen vínculo con él. Comienza a leer y escribir. Su desempeño en la tarea comienza a ser cada vez más reconocido. Es contratado hace dos años como cuidador del zoo. Respetado por todos pasa a ser transmisor de su experiencia a nuevos aprendices. Un día le digo que va a tener que tener paciencia con una chica nueva que se incorpora a trabajar. Me mira a los ojos y me dice muy serio:-”¡Cómo no voy a tenerle paciencia…, con la que me tuvieron a mí…!

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