¿INFANCIA ARTIFICIAL?

Parece que debemos tomar decididamente en serio las películas de ciencia ficción. Luego de ver en pantalla las torres gemelas desplomándose en una Nueva York más humeante y jaqueada que la que se ve en Marte Ataca o El dia de la Independencia; ¿qué deberíamos tomar en serio de Inteligencia artificial? Tal vez que la infancia será, o mejor que ya es otra cosa. Porque si antes de la gobalización podíamos dividirla básicamente en dos compartimientos: uno donde estaba cuidada y otro donde se la vigilaba, hoy la noción de infancia parece al borde del estallido. Jóvenes y niños son delincuentes, asesinos, guerrilleros, “hackers”, consumistas, determinadores de consumos y elecciones, consumidos, acelerados, comunicados, hiperconectados, aislados, abandonados, abusados, prostituídos, “sponsorizados”, traficados. Hijos de marcas, prácticas y discursos cuyo pretendido monopolio parental-estatal-escolar ha sido globalizadamente destronado. A través de una saturación mediática se ha ido alterando de modo profundo la raigambre de filiaciones y linajes. Vivimos una época de familias, estados y escuelas desbordados como productores predominantes de subjetividad. El niño que quería ser grande, el niño que era legalmente menor, educado para ser un futuro ciudadano y futuro responsable ante la ley; va siendo eclipsado el consumidor actual, el opinador y el sujeto de derechos. Esto amplía sus horizontes pero también cambia sus puntos de apoyo. Y al variar los soportes, la infancia, por lo menos tal como la conocemos, trastabilla. Pero no se aferra ya a la iglesia como en el medioevo, o a la escuela, como en la modernidad. Ahora se aferra a los medios.
¿Post-mocosos en post-países? Creo que el “post” se aplica con precisión a un mundo crecientemente “post-estatal”, una situación donde muchos estados ya no saben como seguir siendo naciones. Y tampoco saben si quieren. El nuestro, convencido de que no sirve más que para dar gastos, decide arriar de a poco todas sus banderas (líneas de bandera incluídas) y va camino al suicidio, absolutamente convencido de su altruismo.
Freud le escribía en 1933 a Binswanger que descansaba en Austria: “Espero que disfrute de sus vacaciones, y que se alegre de tener una patria”. La “madre” patria ha sido el espejo narcisizante en el cual se reflejaba e integraba cada quien formando parte del cuerpo social e intentando inscribir allí su historia. Cada vez más habitamos la “patria” del consumo y las tecnociencias, y en ella el lugar de inscripción de las historias son los medios. Los cambios acaecidos en estados, familias, escuelas y el nuevo lugar que éstos ocupan modifican nuestras filiaciones y linajes dando lugar no sólo a la aparición de nuevas vulnerabilidades, sino a la producción de nuevas subjetividades.
De la mano de la globalización la vida urbana va asumiendo un ritmo cocaínico. Nuestra época se inscribe saturando los cuerpos y demanda modos de ser frenéticos. Pero el problema no es lo que se agrega, sino lo que queda sustituído. En lugar de una libido desvencijada, cada vez más debilitada en su posibilidad de generar trascendencia, podremos proveernos de unas ever-ready, siempre listas, ni cansadas ni ocupadas. Y mucho menos, desocupadas. Y andaremos a mil. Tal vez el vértigo de la velocidad compense la pérdida de la cadencia de un pasear más humano. Que así las cosas, va quedando tan desubicado como carro en la autopísta.
Volvamos a la película cuyo guión se basa en el relato ”Supertoys last for ever”, de Brian Aldiss, David es un muñeco sofisticado que, fuera de programa, se enamora del cuento de Pinocho, ese muñeco que quiere ser niño. David también anhela ser humano, quiere ser hijo, tener mamá, papá, linaje, ser libidinizado, amado. ¿Pero porqué querría ser niño un muñeco? ¿Porqué exponerse a la finitud si hay pilas que duran “for ever”?. Es que los muñecos no crecen. Y los niños, por lo menos en la época de Collodi, en tanto hijos que son niños, además de recibir amor quieren crecer, por eso juegan. Quieren hacerse adultos, adultizarse, adulterarse, alterar su condición de niños, de promesa. Y tener futuro.
En Toy Story en cambio, Buzz Lightyear es un muñeco que “se cree” explorador intergaláctico. Buzz, al revés que Pinocho, se “convierte” en muñeco, no en niño. Se asume dolorosamente como juguete y se desengaña de la ilusión de hacerse humano. En el mundo de David los únicos que reclaman por naturalidad y combaten lo artificial son los integrantes de una secta que organiza rituales fantasmagóricos. A eso han quedado reducidos los opositores.
¿No será que a nuestros niños, sujetos de derechos se le propone, o incluso se le impone, no sólo consumir juguetes sino, convertirse en juguetes?. ¿En uno de esos muñecos autosuficientes, compactos, sin alguna rendija a través de las cual poder insuflarles una vida que aparentemente no les hace falta pues ya tienen la propia, a pilas?. Los juguetes cuya vida imaginaria depende de quien los libidiniza, podrán ser restos con memoria, recuerdos de infancia. Pero de los otros, simulacros, pasada la moda, ¿quién se acuerda?
David cual perfectísimo “Tamagotchi” es una ciber-mascota que suple a un niño moribundo. Y mascota etimológicamente es una persona o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte, que como los sonajeros, ahuyenta los malos espíritus. David lo logra, el hijo real sale de un coma profundo poco después de su llegada para convertirse en su rival. Pero, estallado el conflicto entre ambos, la “mamá” opta y lo abandona, sin más.
Una mascota es domesticable, dominable, casi un juguete. ¿No hay acaso una variedad de caniche que se llama “toy”? Pero resulta que lo más valioso que los animales traen al domus, a los dominios de la casa es lo que es de fuera. Lo que escapa justamente al dominio. Lo extraño corporizado en esa cosa peluda que salta, ladra, pía, rasguña, rompe. Esa extrañeza es reducida por la domesticación. En la medida en que esa reducción se aproxima al cero el proceso que antes describí se apaga. Por eso el valor que los animales hogareños tienen para los niños reside en que se mantenga. En que no se mascoticen demasiado. Pero entonces, ¿para qué sirven las mascotas electrónicas que pululan aquí y allá?. A una muñeca, o un muñeco se le agregan cosas, necesidades, fantasías. En los tiempos en que cada niño los programa. Los que él o ella necesiten para sentir que pueden responder a lo creado. En cambio, los electrobichos imponen su programa. No descarto beneficios aleatorios, pero lo esencial es que exigen respuesta a sus demandas. Educan a nuestros niños para responder, desde tempranito, a demandas tecnológicas. La pregunta para los adultos es, ¿Eso es lo que queremos?.
Inteligencia artificial nos plantea preguntas. ¿No estaremos ante una metaforización de una crianza que reemplaza trascendencia por baterías casi eternas? ¿No será que los niños corren el riesgo de “mascotizarse”, de “muñequizarse”? ¿No será que en lugar de ponernos, ponerse, ponerles las pilas se trata, en cambio, de sacárselas? A nuestros niños.
Muñequización y robotización son casi horizontes de la ciencia ficción. Pero tal vez no estamos tan lejos de enfrentarnos, como afirma Rudiger Safranski, a la necesidad de: “…luchar por el derecho a “ser nacido” en lugar de “ser fabricado”. Con motivo del décimo aniversario de El fin de la Historia Francis Fukuyama escribió en el diario El País de Madrid una afirmación que no debiera, por su extravagancia, caer en saco roto: “El carácter abierto de las actuales ciencias naturales indica que la biotecnología nos aportará, en las próximas dos generaciones, las herramientas que nos permitirán alcanzar lo que no consiguieron los ingenieros sociales del pasado. En este punto habremos concluído definitivamente la historia humana, porque habremos abolido los seres humanos como tales.Y entonces comenzará una nueva historia posthumana”. La antropotecnia nos confronta, ya, con el desafío de defender nuestro derecho al azar y a la contingencia.
Al respecto, Odysseas Elytis, poeta griego decía: “Como guardián en los rieles, el Destino desviará las líneas de nuestra palma a otro sitio. Y el tiempo, por un instante, consentirá”.
Admitir la posibilidad de desviar líneas que parecen destinos impresos en nuestros cuerpos, que no son chips y hacer consentir al tiempo el despliegue de esos instantes de azar y esperanza es, creo yo, nuestra responsabilidad. Hoy, aquí.

Dr. Juan Vasen. Médico psicoanalista. Especialista en psiquiatría Infantil. Autor de ¿Post-mocositos? (Lugar Ed. Bs.As, 2000), Co-autor Del invento a la herramienta, (Polemos, Bs.AS.1996) que relata y fundamenta el Programa Cuidar-Cuidando que se realiza hace 10 años en el Jardín Zoológico con pacientes del Hospital Carolina Tobar García.

Publicado en resvista “3 puntos”.