GENERACIÓN PASTILLA

Tadeo Ling camina con los hombros cansados y se sienta frente a una mesa, sobre la falda de su madre. Afuera hay sol. La luz se filtra por las cortinas y cubre todo –los cuerpos, los muebles– con una sombra detenida y marrón. –¿Ves? –dice Andrea Gajo, la mamá, mientras abraza a su hijo–. Él es el que tiene ADD.
A metros de ambos, sobre la mesa, hay tres boletines de calificaciones; un libro –ADHD. Qué es qué hacer–; los resultados de un mapeo neuronal y una caja de pastillas.
–Desde que recibe la medicación es otro nene –Andrea estira un brazo y toma el boletín de quinto grado–. Mirá las notas que tiene. Mirá qué buen alumno que es Tadeo.
Desde hace cinco años, Tadeo toma metilfenidato (más conocido por su marca Ritalina), la medicación que suele darse a los niños que están diagnosticados con Trastorno Deficitario de Atención con Hiperkinesia (TDAH), popularmente más conocido por su sigla en inglés ADHD (ADD es sinhiperactividad). Según los especialistas que están de acuerdo con este diagnóstico, el TDAH genera repitencia de grado en el 35% de quienes lo padecen; aumenta en un 50% el riesgo de consumir drogas durante la adultez; se controla con una atención multidisciplinaria que incluye psicofármacos; y afecta a 250 mil chicos, de los cuales hay un 10 por ciento con el trastorno declarado clínicamente.
A los diez años, Tadeo es uno de los 25 mil niños argentinos que, con el comienzo de las clases, vuelven a su régimen farmacológico para rendir “apropiadamente” en la escuela. Y forma parte de un colectivo que la revista estadounidense Newsweek describió crudamente en una portada: “El TDAH –decía la publicación– es responsable del surgimiento de la primera generación de niños medicados de la historia”.
–Si no lo medico, hace los deberes parado y apoyado en una pierna –explica la mamá–. Cuando no tiene que estudiar no le doy nada. Pero hasta sus compañeritos, cuando vienen a jugar a casa y Tadeo está sin medicar, me dicen: “Es otro Tadeo. Es otro compañero”.
Antes –mucho antes– Tadeo era distinto. Pasaba los días caminando sobre la cornisa de las cosas. Se trepaba a sillas, sillones, mesas, mesadas; hacía saltar los disyuntores; daba brincos mortales que a veces terminaban mal. A los tres años se quebró un brazo. Poco después, el tabique nasal.
Hasta que, a los cinco, a días nomás de terminar el preescolar, la maestra fue clara: –Tu hijo no pasa a primer grado –le dijo a Andrea–. No presta atención. No se queda quieto. No está capacitado para copiar del pizarrón.
Junto con la noticia, la docente le entregó un papel. Era un “Cuestionario de Conners”, un polémico test que, desde hace varios años, se difunde en aulas y hogares para que padres y docentes detecten, de un modo casero, el Déficit de Atención en sus hijos. Según el test, los niños con TDAH cumplen, a grandes rasgos, con las siguientes condiciones: tienen dificultades para permanecer sentados, sus períodos de atención son cortos, tienen dificultad en esperar su turno y completar la tarea, no parecen escuchar, hablan en exceso y se frustran fácilmente ante el esfuerzo. Andrea Gajo leyó todo esto mientras hablaba con la maestra.
–¿Me viste todo el año y recién ahora me decís que Tadeo no empieza la primaria? ¿Qué se supone que haga?
–No sé –dijo la docente–, que haga sala de cinco otra vez, a ver si madura más.
–Pero ningún nene repite sala de cinco.
–Entonces cambialo de colegio. Llevalo a un colegio del Estado, que va a ser menos exigente.
Andrea se preguntó si su hijo era tonto. Una pediatra, una neurolingüista y una psicopedagoga le respondieron que no. Hasta que un neurólogo, el doctor José Minilla, fue un poco más allá. Con dos minutos de ver a Tadeo, dio su conclusión:
–Quedate tranquila –dijo–, tu hijo no es tonto. Tu hijo tiene ADD.
Desde entonces, Andrea –separada, pero más que separada: sola– habla del doctor Minilla como “mi salvador”.
Fue él quien le encargó un mapeo cerebral, fue él quien le explicó que los manchones rojos que aparecían en el mapeo eran las marcas de la hiperactividad, y fue él –en definitiva– quien le puso un único nombre al problema y también nombró la solución.
Según el estudio, la Tabla de Conners y las inferencias del médico, en pocos días a Tadeo le diagnosticaron Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad de tipo Combinado Desafiante Opositor. Esto es: que era un chico demasiado inquieto, que decía demasiadas veces “no”.
Si ella quería tener un hijo “normal”, tenía que abrirle el juego a un tratamiento con cuatro especialistas y dos cajas de pastillas al mes.
–Pero pastillas solas no –le explicó el médico–. La pastilla no es mágica.
En general, no existe un solo profesional serio que solo recete metilfenidato. El licenciado en Psicología Rubén Scandar, ex director de Docencia e Investigación de la Fundación TDAH y autor del libro El niño que no podía parar de portarse mal, advierte que el trabajo interdisciplinario es una condición básica. Pero que, así y todo, es común que el peso del tratamiento termine recayendo exclusivamente en los fármacos. “Muchas veces los niños terminan sólo medicados, y el principal problema es la falta de tiempo –explica–. Si un nene va a la escuela de 8 a 17 y después tiene que ir a tres especialistas, ¿cómo hace? Se tiende a cumplir con lo más fácil: la parte farmacológica. Además, el tratamiento solo con pastillas es más barato. Las obras sociales no suelen tener profesionales especializados en TDAH, y hay que conseguirlos y pagarlos por afuera. Por ende, el peso recae en la medicación, sin tener en cuenta que los tratamientos parciales arrojan resultados parciales”.
En el caso de Tadeo, su madre gasta 120 pesos mensuales en píldoras (una caja cada quince días), precio que incluye el 40 por ciento de descuento de la cobertura social. Pero el resto de los especialistas los pagó de modo privado. Tadeo empezó primergrado con neurolingüista, psicopedagoga y psicóloga una vez por semana, maestra particular dos veces por semana, neurólogo una vez al mes y dos pastillas y media de Ritalina por día. Ahora –cinco años después–, sólo mantiene el neurólogo (una visita trimestral), la maestra particular y la medicación: una píldora junto con el desayuno; otra en el recreo de las diez y media; y después, si a la tarde tiene inglés, media pastilla más.
–Si un día lo ves muy loco y no te lo aguantás, o tenés que salir a algún lado y necesitás que esté más tranquilo, dale medio comprimido– le recomendó el neurólogo.
Pero Andrea, hasta ahora, sólo se lo da para estudiar.
Sobre la mesa del living, los boletines muestran el rendimiento de Tadeo cuando toma sus pastillas. Las notas son buenas y abundan las frases como “¡Muy bien Tadeo!”, “¡Adelante, Tadeo!”, “¡Seguí progresando, Tadeo!”
–Yo siempre les digo, a él y a mi otro hijo –dice Andrea– que lo único que tienen que hacer conmigo es estudiar, responderme con el estudio. Después, tienen todo. Dentro de lo que se puede. Y ya ves los boletines de Tadeo.
Andrea sonríe y los pómulos –macizos, óseos– se le trepan hasta el borde de los ojos. Tadeo, en cambio, hace un gesto que no llega a ser una sonrisa. No se encuentra medicado y sin embargo está en calma.
–¿Cómo te sentís cuando tomás la pastilla?–pregunto.
–Tranquilo.
–¿Y cuando no la tomás?
–Loquito.

Bajo presión

El uso de fármacos para controlar a los niños no es nuevo. En su libro Bajo Presión el escritor y periodista Carl Honoré cuenta que en la Gran Bretaña del siglo XVIII los padres calmaban a sus hijos con soluciones de opio llamadas Ayuda de Mamá, Tranquilidad del Niño y Jarabe Relajante. En las nurseries, las enfermeras abusaban de tal forma de los líquidos opiáceos que miles de bebés murieron en estado de sopor.
Un siglo y medio después de todo esto, apareció el metilfenidato: un estimulante del Sistema Nervioso Central que –dados sus efectos similares a la cocaína– terminó siendo puesto en circulación por la generación beatnik en California. El parecido con esta droga es tal que la Ley Federal de los Estados Unidos clasifica al metilfenidato como una “Sustancia Controlada, Categoría II” –la misma jerarquía que se le da a la cocaína, el opio y la morfina– y lo coloca en la Lista II del Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas de 1971, ya que ofrece “grandes posibilidades
para el uso indebido”.
¿Qué puede pasar si se toma anfetaminas –o algo parecido– desde la más tierna infancia? En una entrevista rescatada por Carl Honoré, Courtney Love –quien, al igual que Kurt Cobain, tomó Ritalina de pequeña– dio una respuesta sencilla y demoledora: “Si de chica tomabas una píldora que te hacía sentir feliz, ¿a qué vas a recurrir de adulto? –le preguntó Love a su entrevistadora–. De pequeña era euforizante… ¿cómo no vas a conservar ese recuerdo?”
Hasta 1990, el consumo de metilfenidato fue reducido. Sin embargo, en los años subsiguientes la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) notó un aumento en el suministro mundial de este fármaco, que pasó de menos de tres toneladas en 1990 a más de 8,5 toneladas en
1994. Según el Periódico Americano de Medicina, este boom coincidió con que en las escuelas se estaba empezando a incluir la diagnosis de TDAH y a difundir el metilfenidato como la sustancia tratante de ese trastorno. Desde entonces, según la revista inglesa New Scientist, la venta de esta droga es “uno de los fenómenos farmacéuticos más extraordinarios de nuestro tiempo”. Hoy, el 10 por ciento de la población infantil estadounidense –incluidos bebés de un año– toma pastillas. Y, sólo en ese país, los ingresos anuales derivados del mercado de píldoras para el TDAH alcanzan valores superiores a los 3.100 millones de dólares.
En Argentina el uso de metilfenidato no tiene esa dimensión pero va en aumento. En su libro La atención que no se presta: el “mal” llamado ADD, el psicoanalista y psiquiatra Juan Vasen informa que en 1994 se comercializaron 10.700 cajas con esta droga. De acuerdo con el Colegio de Farmacéuticos porteño, en 2008 se compraron 220 mil cajas; esto implica que actualmente se consume un 2.000 –dos mil– por ciento más que quince años atrás. ¿Cuándo se toman todos estos fármacos? Según datos de la Confederación Farmacéutica Argentina, la temporada alta es el tramo escolar. Durante el período lectivo de 2008 se vendió un 200 por ciento más de cajas que durante el verano.
El fenómeno hizo que en el año 2007 se organizara en la Argentina un simposio internacional llamado “Niños desatentos e hiperactivos. La patologización de la infancia”. En ese encuentro –que se repetirá en septiembre de este año– mil quinientos especialistas provenientes del área de Salud,
y organizados en torno a la página www.forumadd.org.ar, advirtieron sobre la extrema facilidad con que se medicaba –y se sigue medicando– a los niños, y elaboraron un documento que luego fue enviado a los ministerios de Salud y Educación de la Nación.
Vasen, que es especialista en psiquiatría de la infancia y la adolescencia, es también uno de los profesionales que firmó el documento enviado a los ministerios. “El TDAH es un síndrome hecho en base a un criterio muy discutible –advierte–. Detengámonos sólo en el cuestionario de Conners: basa eldiagnóstico de TDAH en un criterio groseramente cuantitativo. Si sumás equis cantidad de puntos tenés el síndrome: es absurdo. Aun siendo más cuidadosa en la manera de clasificar, la psiquiatría norteamericana toma chicos que conjugan problemas de aprendizaje, desatención, inquietud e impulsividad, rasgos que presentan muchos chicos, porque los niños viven sentados en un volcán interno, y los engloba en un síndrome que tiene identidad en base a la respuesta no curativa que una medicación ha tenido sobre ciertos síntomas”.

–¿El sistema nervioso no cumple ningún rol en todo esto?
–La armazón neurobiológica de cualquier ser humano es fundamental. Pero se está abordando a los chicos como si el que pensara fuera el cerebro y no el niño. Se deja totalmente por afuera la subjetividad de cada chico, la época en la que vive y la familia en la que está.

–También podría incidir la escuela a la que va. Una maestra desbordada quizás necesite tener chicos tranquilos a cualquier costo.
–El de los maestros es un tema. Se encuentran con niños que han sido muy estimulados con todo tipo de medios electrónicos, para quienes todo debe configurarse rápidamente como “entretenimiento”. Y lo cierto es que el aprendizaje tiene una condición: en relación con otras actividades, es poco “entretenido”. Entonces los chicos desertan y los maestros se encuentran frustrados porque no encuentran la manera de captar la atención de los alumnos.

–¿Un chico con TDAH puede llegar a ser, en síntesis, un nene que simplemente se aburre en la escuela?
–No es tan sencillo. Pero sin dudas hay factores de época que inciden fuertemente. Hoy, en primer lugar, el saber de los adultos no está jerarquizado como en otras épocas. En los 70 fue un boom la serie Papá lo sabe todo. Hoy, el padre más mediático es Homero Simpson. Entonces, si el chico no presta atención no es porque haya un “déficit”: es porque no le importa escuchar a un puñado de adultos cuyo saber él no tiene jerarquizado. En segundo lugar, décadas atrás la atención de un niño no era algo tan importante en el ámbito educativo, porque la educación no era tan interactiva como ahora. Y en tercer lugar está el factor de la temporalidad: hoy, en relación a épocas anteriores, las cosas tienen un recambio mucho más rápido y la paciencia se acaba pronto.

–Se acaba pronto no sólo para los niños, sino también, parece, para los docentes.
–Exacto. De hecho, el 90 por ciento de las consultas son a pedido de la escuela: es ahí donde el chico “fracasa”. A su vez ese fracaso es visto con espanto por los padres, que tienen una necesidad muy fuerte de que el chico “responda” en la escuela y haga las cosas bien, porque creen que si no va a quedar afuera del sistema.

–Si el objetivo es el éxito, ¿por qué a muchos padres parece aliviarlos el saber que su hijo tiene TDAH?
–Porque pensar que tu hijo tiene problemas porque hay una serie de neurotransmisores alterados es un alivio enorme frente a la angustia de familias y escuelas desbordadas que tal vez deban replantearse cosas. El problema es que muchas veces una medicación puede enmascarar síntomas
que responden a patologías más graves.

–¿La medicación nunca es válida?
–Nunca sola. Y siempre teniendo en cuenta que ningún medicamento enseña nada. Pero si los síntomas son graves, es necesario tranquilizar un poco al chico para que al menos se encuentre en condiciones de jugar y pueda existir un abordaje terapéutico. Pero ese medicamento no tiene por
qué ser metilfenidato. Ese no es un medicamento inocuo.

Un estudio publicado a mediados de 2008 por la revista británica Pediatrics advierte que el consumo sostenido de metilfenidato puede aumentar el riesgo de muerte súbita y traer problemas cardíacos y de crecimiento. De hecho, sólo entre 1990 y 2000, el programa de Vigilancia Médica de la FDA (Food and Drug Administration) reportó 186 muertes por consumo sostenido de Ritalina. Según la página Ritalin Death (armada por los padres de un niño que falleció “por uso a largo plazo de metilfenidato, Ritalina”, como dice su certificado de defunción), esos números no representarían más del 10 o 20 por ciento de la cifra real.

El secreto
A Lucas lo apodaban “el loco”. De eso se enteró Esteban, su papá, cuando a la salida de la escuela un compañero se acercó y le dijo:
–Cada vez que viene tu hijo tenemos diversión asegurada.
Ese comentario, sumado a que Lucas no tenía un buen desempeño en el colegio, derivaron en una entrevista con la responsable del gabinete pedagógico. La especialista les entregó un informe y con ese papel los padres de Lucas recorrieron consultorios. Un neurólogo diagnosticó ADD sin Hiperactividad pero con Desconcentración, y propuso el tratamiento usual: psicóloga, psicopedagoga y fármacos.
A partir de entonces, Lucas empezó a ser medicado con conocimiento del colegio, y en el acto –dice su padre– devino un niño distinto delresto. El problema no eran sólo sus compañeros. Una mañana, durante una clase, la maestra se hizo la chistosa: “Ustedes me están volviendo loca –les dijo a los alumnos, y luego se dirigió a Lucas– ¿Nene, por qué no me das una pastillita de las que tomás vos?”
Tiempo después, la escuela sugirió –a través del gabinete– que buscaran un colegio adecuado para Lucas. Así sucedió. Recaló en una escuela cara de Barrio Norte, donde no hubo problemas en recibirlo porque el 30 por ciento de los compañeros tenía alguna dificultad de aprendizaje. Lucas ya no era “el raro”. Y ese, en realidad, fue el problema. “Nuestro hijo nos reprochó en la cara haberlo mandado, según él, a un colegio de chicos ‘diferentes’ –cuenta Esteban por mail, el único medio que acepta para una entrevista–. Lucas se propuso corregir su conducta y estudiar, pero a la vez no hacer ningún amigo. Esto último era la devolución y el castigo para nosotros, por haberlo
cambiado de escuela. Empezó a destacarse por su conducta y avanzó muy bien en sus estudios, pero no hizo en dos años ni un amigo. Hasta que el colegio cerró cuando terminó 6º grado. Hoy ni recuerda esta etapa”.
Como Lucas había avanzado en su rendimiento escolar y su conducta, los padres decidieron anotarlo en una prestigiosa escuela privada. Pero durante la entrevista de admisión, una profesional hizo preguntas: “Lucas, ¿tenés problemas de algún tipo? ¿Tomás alguna medicación?” “Sí”, fue la respuesta. Lucas no entró. Por eso, luego de este episodio, sus padres tuvieron con Lucas una charla de bruta honestidad.
–En las próximas entrevistas, y ante toda la gente en general –le dijeron–, no tenés que mencionar el tema de las pastillas. Así entró sin problemas a un colegio de la zona, donde terminó la primaria con brillante conducta y notas perfectas.
Hoy, Lucas cursa allí la secundaria, pasó a segundo año con un promedio alto, tiene su grupo de amigos y –dicen sus padres– volvió a ser feliz. La medicación es un secreto de familia. Un silencio para siempre.

Normal
El 35 por ciento de los pacientes que se atienden con Rubén Scandar –psicólogo conductista, ex director de Docencia e Investigación de la Fundación TDAH, y editor de la revista Terremotos y Soñadores (sobre TDAH)– tiene algún problema ligado al TDAH.
–Te voy a hacer un dibujito –dice Scandar, sentado en su despacho de colores blancos, vagamente sanitarios–. Porque quiero que entiendas bien qué es el TDAH.
Existe, dice Scandar, un TDAH con predominio de Hiperactividad e Impulsividad (es decir, con pocos síntomas de desatención). Otro con predominio de Desatención (puede haber pocos o ningún síntoma de hiperactividad). Una Tipología Combinada (hiperactividad y desatención). Y una cuarta variante que se llama NOS.
–NOS significa “no especificado”. Es cuando uno no sabe dónde poner al paciente. Pensá qué pasa si yo tengo un chiquito que tiene muchas características del Trastorno pero algún requisito del diagnóstico falla.

–¿Y no se puede pensar que no tenga el trastorno?
–Es que no puedo adjudicar lo que le pasa a nada mejor. Para dar el diagnóstico de un chiquito desatento yo necesito, por lo menos, seis síntomas. ¿Pero qué pasa si tiene cinco? ¿Qué hago? ¿No le hago el diagnóstico? ¿Hay algo que me explique mejor los síntomas del niño? No.

–¿Cree que para los padres es tranquilizador saber que la inquietud de su hijo se debe a un motivo biológico?
–Puede ser que un papá se sienta liberado de culpas. Pero decirle al mismo tiempo “tu hijo tiene un trastorno de origen biológico, probablemente genético, con síntomas que entre el 50 y el 75% de los casos le van a durar toda la vida… eso no tranquiliza a nadie.

–¿Atendió alguna vez a un niño que simplemente estuviera nervioso?
–Es muy raro que alguien venga acá y uno le diga que su hijo es normal.

Cielo
Desde primer grado, a Bruno –diez años, hijo único de una madre soltera– le costaba terminar los ejercicios en clases. Así y todo pasó a segundo grado, pero su bajo rendimiento en la escuela –sumado a la poca tolerancia de la maestra ante un alumno más complicado que el resto– llevaron a Fernanda, su mamá, a cambiarlo de institución y a empeñarse en que su hijo fuera un buen alumno. Además de ayudarlo cada tarde con la tarea, Fernanda empezó a llevarlo a una serie de consultas clínicas con el único fin de saber qué le pasaba a Bruno.
–Mi hermana, que es psicóloga, me decía “dejalo que lo sobreprotegés”. Mi psicóloga me decía “dejalo al pobre chico que está re–presionado”. La maestra de tercer grado me dijo que tenía “un problema afectivo”. En el gabinete psicopedagógico me empezaron a decir que yo invadía los espacios de mi hijo. Durante años me cansé de escuchar la frase: “Como vos estás sola depositás sobre el nene esto y lo otro…”. Encima tenía que aguantar eso. Esa psicología barata.
Fernanda es alta y tiene el pelo largo y caoba. Cada vez que fuma –y fuma mucho– el humo cruza la ventana y se pierde en un barrio, Mataderos, que parece limpio de gente. Tiempo atrás, dice ella, tanta calma era imposible. Bruno –que ahora no está– podía pasarse el día entero rebotando una pelota.
–Era la pelota la pelota y la pelota, y le decías pará pará pará y no paraba no paraba no paraba. O venía y te golpeaba la cola. Le decías Bruno basta, y te golpeaba la cola. Y seguía. Y después de nuevo la pelota la pelota la pelota. Además, en tercer grado ya empezó con contestaciones de chico maleducado. Y negativo. Vos le decías hola y te decía no. Era frustrante.
En cuarto grado, Fernanda se cansó de todo y se metió en Internet con un informe pedagógico que le habían hecho a su hijo a los siete años. Allí se enteró de que –según Internet– Bruno tenía dislexia, discalculia, disortografía y dislalia (pronunciaba mal la erre). Con todas esas “dis” bajo la manga, Fernanda sacó un turno con un neurólogo del Fleni.
–Mire señora, yo necesito un informe del maestro –dijo el especialista–, pero desde ya le digo que este chico tiene problemas de concentración. Y hay que medicarlo. Vaya a la puerta y que le den los lineamientos para el colegio.
–¿Usted me está diciendo que mi hijo tiene ADD?
–Desde ya le digo que para mí es Déficit de la Atención.
Lo que hay que hacer es mandarlo a psicopedagoga y terapista ocupacional, me entendió, ¿no?
–¿Y la psicóloga?
–Y… si quiere interno a su hijo, así por lo menos tiene tiempo de jugar a la pelota en los pasillos.
En paralelo, Fernanda tomó otras medidas. Compró un pequeño pizarrón para hacer cuadros sinópticos; habló con el maestro de Bruno para que intentara tomarle más exámenes orales y menos escritos; y empezó a tomarle lección en cualquier parte. Si iban caminando por la calle, Fernanda le decía oraciones y Bruno le contestaba cuál era el sujeto, el predicado, los adjetivos.
El niño empezó a mejorar. Llegaron los sobresalientes. Pero como Fernanda estaba convencida de que su hijo tenía “algo”, siguió navegando en Internet y allí se contactó con la Red Confluir, que tiene varios foros de padres con problemas similares. Allí, una madre le recomendó que completara unos test que figuraban on line (los de Conners) y que consultara a una eminencia en la rama de la neurología infantil. Fue finalmente ese especialista quien le trajo paz. Le explicó a Fernanda que Bruno tenía ADD con Hiperactividad, Impulsividad, Oposicionismo y Características Depresivas. Y recetó un complejo vitamínico con Omega 3 para ver cómo reaccionaba.
–A mí me gustó que no lo empastillara feo desde el principio –dice Fernanda–. A las semanas, Bruno bajó el nivel de ansiedad, aunque no sé si era por las pastillas o porque estaba de vacaciones. Pero no mejoró su concentración. Por eso ahora lo cambiamos al medicamento Strattera, una vez por día. Empezó con 16 gramos y ahora está en 40.
Strattera es el nombre comercial de la atomoxetina, una droga más moderna para el tratamiento del TDAH. A diferencia del metilfenidato, requiere una toma diaria, no es psicoestimulante, no tiene síntomas de rebote y no hace falta una receta oficial archivada para comprarla. Entre los efectos adversos significativos de la atomoxetina, según informa el grupo de especialistas que integra el Forum ADD, están el aumento de la frecuencia cardíaca, la pérdida de peso (que puede derivar en un retardo del crecimiento), los síndromes gripales, los efectos sobre la presión arterial, los vómitos y la disminución del apetito.

–¿Le hizo bien?
–Empezamos a comunicarnos, a dialogar: es otra vida. Si me contesta mal, es sólo una vez. Pero sigue sin concentrarse. El médico me dijo que vamos a esperar su primer mes de colegio, ver qué informa la maestra, y en todo caso habría que darle Ritalina. Por ahora estamos bien. La pelota ni la usa.
La casa de Fernanda es amplia y luminosa y huele a incienso. Afuera, Mataderos atardece y en el comedor, ubicado en un patio cerrado, hay una claraboya que permite ver caer el sol. A veces, Fernanda piensa en mudarse.
–No quiero –dice Bruno–. No quiero ir a una casa donde no se pueda ver el cielo.
El cuarto de Bruno es lindo y azul. En él hay autos, juguetes y fotos donde Bruno sonríe con la boca grande y hermosa. En cada imagen se ven los dientes cortados de la infancia. Se ve la infancia cortada con los dientes.

Publicado en Crítica de la Argentina.