DESARMADOS Y ENTRETENIDOS

¿Qué más se puede decir de lo ocurrido en Patagones? Prestigiosos colegas y amigos han subrayado la gravedad de un cuadro que pasó inadvertido. Y alertado de que, en las condiciones sociales y las de los medios escolares hoy, situaciones similares podrían seguir pasando inadvertidas. Han remarcado la necesidad de eludir la casi inevitable satanización que implica señalar chivos expiatorios (la escuela, los jóvenes). Otros han conectado este trágico y sorprendente hecho con la masacre de Trelew tan bien llevada a la pantalla en estos días. Además se ha ubicado con criterio el riesgo de incluir en una serie mediática lo que constituye una singularidad. Desde mi práctica con niños y adolescentes en dispositivos de reinserción social, en prácticas comunitarias, en instituciones y Foros quiero agregar algo a lo dicho. No alcanza con pensarlo como un caso psiquiátrico. Aunque lo sea. Primero querría señalar que la mayor cantidad de armas reales (al alcance insensato de niños y jóvenes) obedece a una mayor sensación de indefensión. Se arma quien se siente indefenso. A ello agregaría la percepción de enfrentamiento ya no entre clases sociales sino entre lo que, en palabras de un muchachito en el reciente Foro sobre los derechos de la infancia , fue contrapuesto como los derechos de los delincuentes versus los derechos de la “gente común”. Como si el derecho de quien delinque a tener un juicio justo debiera disminuir los derechos a la seguridad ciudadana, laboral o los de la infancia. Desde la tapa de su desopilante revista American rifleman, que promueve la adquisición de armas por particulares, Charlton Heston (colosalmente puesto en ridículo en Bowling for Colombine) preguntaba hace un par de años: ¿Han perdido nuestros niños su derecho a las armas?. El actor republicano omitía el dato de que, en los EEUU donde hay cinco mil “Gun Shows”anuales, hay también 35.000 muertos por año a causa de ellas. Más claro, que quince menores de edad mueren diariamente por heridas de bala. Quince niños o jóvenes por día. Hace algunos años se celebró la baja de la tasa de criminalidad neoyorkina gracias a la “tolerancia cero” impuesta por aquel nuevo émulo de Ben Hur, el alcalde Giuliani, sin considerar la presumible influencia que la tasa de desocupación más baja en mucho tiempo haya tenido sobre este fenómeno. Parece que la necesidad de logros o de héroes lleva a algunos a desgajar los fenómenos de la trama de relaciones en que se producen. O a confundir los derechos que están en riesgo. Se arman los vecinos, se arma más a la policía. Parece que de las únicas armas con las que se puede contar, las únicas que se pueden distribuir son las armas de verdad. ¿Será porque son las únicas que se pueden comprar y vender? Tiene razón Heston. Pero en vez de armar a los ciudadanos hay que “armar” ciudadanos. Hay que armarlos para el mundo que viene con integración social real y capacitación acorde a los tiempos que corren. “Armarlos” con municiones de derechos y cañones de futuro. Porque nuestros niños y jóvenes están hoy cada vez más desarmados. Desarmados en muchos casos de familia y en casi todos de proyecto. Muchos de ellos, o sus padres, no encuentran una ocupación digna, con lo que la cohesión familiar y las posibilidades de ascenso social se desvanecen. Y con ella la paciencia necesaria para un aprendizaje que es vivido como desgajado de las condiciones en que transcurren sus vidas. O la paciencia para abrirse camino en lo que ahora es el “mercado laboral”. Tierra de mercaderes. O sea, hay muchas armas con las que no cuentan. Armas que se donan, como se dona el tiempo al leerle un cuento a un niño. Armas que se transmiten de generación en generación. Y que muchas veces han quedado vetustas. Inusables. Lo segundo a puntualizar es que muchos jóvenes sólo pueden encontrarse con sus pares a compartir la vida en las esquinas de un presente que, va quedando despojado de la calidez de la fraternidad. Lo que en algunos casos los lleva a armarse para conseguir lo que la vida les niega: nada menos que imaginarse un porvenir que no oscile entra una ñata aplastada contra el vidrio, el cascote o el anonimato. Y la fraternidad, según Semprún, “no es sólo un dato de lo real. También es, quizás sea sobre todo, una necesidad del alma: un continente por descubrir, por inventar. Una ficción pertinente y cálida” . Que requiere hoy ser urgente y cálidamente reinventada. No sólo en Patagones. Hace poco Susan Sontag denunciaba, a raíz de las otrora impensables fotos del horror en Irak que, en la sociedad actual, la violencia se ha convertido cada vez más en la sustancia predominante del entretenimiento. Una violencia despersonalizada que lleva a que un niño incite, entusiasmado, en una esquina de nuestro presente a su padre mientras pasean en auto: -”Pa, si atropellás a la señora tenemos un bonus de como mil puntos…!” En el asesinato de James Bulgher ocurrido en 1993 en Liverpool se percibía también, como en esa frase, una suerte de desrealización del matar. Ambos niños de diez (!) años se angustiaron sólo mucho después de su accionar particularmente cruel sobre un niño de tres años al que satanizaron. Poco antes habían visto en video Chuky, el muñeco maldito donde un justiciero mata, en condiciones muy similares a las del crimen real, al engendro que era notablemente parecido a un niño rubio de tres años como James. En La carnada, la película de Tavernier, la protagonista en complicidad con su novio y un amigo matan para robar y acceder al mundo no del consumo, sino del alto consumo, de las grandes marcas sin las cuales se sentían nadie. Una vez que ha sido detenida, ella no puede entender porqué el juez le prohibe salir al día siguiente de su encierro para celebrar la Nochebuena con su familia. También parece que “Junior” vió Bowling for Colombine dias antes de la masacre. El problema nunca son sólo las películas, sino las condiciones para su recepción. Junior, Pantriste (apodo de Javier Romero que mató a un compañero en el 2000), los protagonistas del film de Tavernier, John y Robert (juzgados por el asesinato de James en Liverpoool), los neonazis que desencadenaron la masacre de Colombine, más allá de padecer trastornos severos (detectados o no) actuaron de modo reivindicativo. Palabra clave pues ellos actuaron movidos por un ciego impulso a restaurar una dignidad que sentían, cada uno a su peculiar manera, menoscabada. Por el Tratado de Versalles, por la exclusión del mundo del consumo, por sus compañeros. Por eso actuaron así, casi sin mancharse. Y sin angustia. En 1914 Walter Benjamin escribía: “La juventud está en el centro del lugar donde nace lo nuevo” Hoy debemos cuidar esta incubadora y mantener en ella un adecuado nivel de oxigenación democrática para lograr algo impostergable: ampliar el status de ciudadanía. Porqué digo esto? Porque si en la patria la historia se escribe en las calles, en el reino del consumo y la exclusión, la superficie de inscripción de las historias son los medios. Y hoy el peor de los fantasmas es el anonimato. Tal vez por eso ninguno de los fascinados “protagonistas” de los Reality Shows padece del desconcierto de Truman . El no sabía que era una celebridad descartable. Ellos parece que sí. Michel, el protagonista de Las partículas elementales de M. Houellebecq creía, de adolescente, “que el sufrimiento otorgaba al hombre una dignidad adicional. Ahora tenía que reconocer que estaba equivocado. Lo que otorgaba al hombre una dignidad adicional era la televisión” Sin integración social, sin verdades que ayuden a cicatrizar heridas y mentiras, sin reinventar una fraternidad cálida, sin fuentes de dignidad adicional diversas que la “tele” o el sufrimiento, sin una ley que valga más que las complicidades, sin ciudadanos armados de futuro, sin filtros para la invasión de una intimidad cada vez más convertida en ex-timidad estaremos desarmados ante los arrebatos y los tiros. El riesgo es convertirnos en una “sociedad anónima” que acelere sin remordimientos y se ocupe de hacer, de estas tragedias, entretenimiento. Como en Irak.

Fuente de la imagen: Ipernity