CONTACTO NIÑO – ANIMAL

“¡Oh, Flush!”, dijo Miss Barret. Por primera vez lo miró ésta a la cara. Y Flush también miró por primera vez, a la dama que yacía en el sofá.
Se sorprendieron uno al otro. A Miss Barrett le pendían a ambos lados del rostro unos tirabuzones muy densos; le relucían sus grandes ojos y su boca grande sonreía. A ambos lados de la cara de Flush colgaban sus espesas y largas orejas; los ojos también los tenía muy grandes y brillantes y la boca muy ancha. Existía un cierto parecido entre ambos. Al mirarse pensaba cada uno de ello lo siguiente: Ahí estoy…y luego cada uno pensaba: Pero, ¡qué diferencia!. La de ella era la cara pálida y cansada de una inválida, privada de aire, luz y libertad. La de él era la cara ardiente y basta de un animal joven: instinto, salud y energía. Ambos rostros parecían proceder del mismo molde, y haberse desdoblado después; ¿sería posible que cada uno completase lo que estaba latente en el otro? Ella podía haber sido…todo aquello; y él…Pero no. Entre ellos se encontraba el abismo mayor que puede separar a un ser de otro. Ella hablaba. El era mudo. Ella era una mujer; él un perro. Así unidos estrechamente, e inmensamente separados se contemplaban.” Virginia Woolf-Flush

La clínica del pediatra y la del psicoanalista que trabaja con niños encuentra obstaculos diversos en los diferentes procesos de cura que cada practica promueve. En muchas ocasiones esto lleva a la necesidad de confrontar con límites dolorosos para nuestra deseo de, al menos, aliviar. En estas situaciones debemos recurrir muchas veces a colegas y prácticas de otras disciplinas, y aún de más allá de ellas. Este es, al menos, el panorama cuando se trata de niños con severas dificultades para establecer lazos sociales. Niños que caracterizados como parte del “espectro autista” viven en un mundo automatizado y espectral.
Ante este panorama, luego de muchos años de trabajo psicoanalitico e institucional con niños graves es que pudimos evaluar los beneficios que aporta facilitarles un espacio de cuidado de animales en un medio que favorece el contacto, permite elaborar miedos y angustias y da lugar a un aprender que se convierte en un aprehender algo del otro, tan diferente y tan próximo.
El programa Cuidar-Cuidando es, desde hace trece años, el primer dispositivo en el país donde esto ocurre. Casi cuatrocientos niños y jóvenes han concurrido a desempeñarse como pequeños granjeros o cuidadores en el Zoo de la ciudad de Buenos Aires han logrado importantes mejorías en sus modos de comunicación e integración social. Ellos son acompañados por profesionales del Hospital Carolina Tobar García y del mismo zoológico que diseñaron y llevan adelante este proyecto

¿Por qué los animales?
“En este lugar, todo encuentro casual
es una entrevista”
Graffitti. Servicio de Internacion 1986 


En su ensayo sobre la destrucción de la experiencia llamado Infancia e historia, Giorgio Agamben comienza afirmando: ”En la actualidad cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que ya no es algo realizable” . Allí opina que al hombre le ha sido expropiada su capacidad de tener y transmitir experiencias y que para ello no ha sido necesaria una catástrofe. La destrucción proviene de la “pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad. “El hombre moderno vuelve a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos -divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros- sin que ninguno se haya convertido en experiencia”.
De ese aplanamiento resulta no el hombre, no el sujeto, sino el “animal humano”. Precisamente así llama otro filósofo, Alain Badiou en este caso a la subjetividad consituida por el hábito. Por la rutina .
No en vano Freud diferenció, kantianamente, entre la vivencia (Erlebniss) y la experiencia (Erfahrung) aun en el terreno de la satisfacción. En el pasaje de una a otra se produce la inversión pasivo-activo. Esto es de gran importancia en niños que están tomados por modos de goce impuestos que a veces son reforzados superyoicamente. Es frecuente que cuando un niño autista comienza a hablar se rete, hable en tercera persona dandose órdenes o amenazándose con castigos. Como un ejemplo entre muchos Rubén a los trece años se repetía, con una voz algo impostada, y a los gritos ”-Torpe, torpe, torpe, te dije que no tires la pintura…!”
Para un chico gravemente perturbado lo que le ocurre es un misterio del que no puede apropiarse. Pero si ese misterio nos convoca es porque es un padecer del que no puede hablar. En la fábula, en cambio, sí se puede contar. Dicen que las fábulas fueron escritas en épocas de tiranos para poder decir lo que no se debía decir. Los niños graves tomados en su subjetividad por modos de goce impuestos, por silenciamientos y vaciamientos extremos se encuentran bajo una tiranía fantasmática y superyoica. En su mudez parecen arrojados a la pura lengua de la naturaleza. El autismo semeja una forma de embrujo, que hay que conjurar para hacer partícipe al hechizado del saber del que ha quedado excluído.
Dice Agamben: “El hombre de la fábula se libera de la obligación mistérica del silencio transformándolo en encantamiento. (…) Pero si en la fábula el hombre enmudece, los animales salen de la pura lengua de la naturaleza y hablan. La fábula es el lugar donde hombre y naturaleza intercambien sus papeles antes de volver a encontrar cada uno su lugar en la historia”. Eso es lo que tratamos de favorecer.
Lo hacemos a favor de que en los ultimos años se ha producido un creciente reconocimiento de la importancia de la relación con los animales y del impacto que la misma produce en la subjetividad de quienes entran en contacto con ellos. En muchas enfermedades físicas o situaciones de marginación y soledad la comunicación, el contacto y la experiencia de relacionarse con animales es muy enriquecedora. Y ello sin suplantar los abordajes imprescindibles y sin que implique un detrimento en el cuidado y respeto que merecen.
Existen numerosas investigaciones sobre los beneficios terapéuticos que resultan del contacto con animales silvestres y domésticos. En nuestro país se están desarrollando experiencias diversas en instituciones pertenecientes al ámbito público, al medio privado, que se efectivizan como emprendimientos mixtos o son llevadas adelante por instituciones no gubernamentales. Las mismas pueden dividirse tentativamente en tres grupos: a) las terapias asistidas con animales, b) los dispositivos de reinserción social que funcionan en granjas o zoológicos y c) los animales en diversas funciones sociales como lazarillos, como animales de compañía en instituciones hospitalarias, de salud mental y geriátricas o en tareas de rescate de víctimas
Como ya puede notarse no incluí en la lista a los animales hogareños. Ellos son fuente de placer, alegría y promotores de contacto social en gran escala. Muchas de las ideas aquí desplegadas puedan aplicarseles. Pero lo que intento transmitir a través de este trabajo es el efecto del contacto animal en situaciones donde se esperan efectos terapéuticos e integradores a partir de una praxis transdisciplinaria.
Las experiencias de esta índole se suelen difundir bajo la denominación abarcativa de “zooterapias”. Un nombre decididamente simpático, “entrador” pero que tiene el grave defecto de confundir la función el animal convirtiéndolo en terapeuta o co-terapeuta y atribuyéndole misteriosos saberes. Boris Levinson, psicólogo estadounidense presentó un trabajo pionero en el congreso de la American Psychological Association de 1961 titulado: “El perro como co-terapeuta”. Años después recuerda que despertó poco interés y muchas bromas. “Me preguntaban si el perro compartía mis honorarios”. Inclusive …”hablaban de mí como co-terapeuta del perro”
Hoy las cosas han cambiado. Hay en el mundo y también aquí muchas experiencias de trabajo con animales que tienen diferentes perspectivas y sustento teórico. Numerosos y bien fundamentados trabajos llevados adelante por equipos inter y transdisciplinarios fueron presentados en un reciente Congreso y se está organizando un Foro Universitario que se propone elaborar un marco legal para estas prácticas.
No es extraño, sim embargo, que se espere mucho de los animales. Una atribución desmesurada que suele ser fuente de esperanza ante el descrédito en que ha caído la palabra y muchas prácticas terapéuticas llevadas adelante por humanos. No es nuestra posición. Tampoco la de Aaron Katcher, un psiquiatra entusiasta de las posibilidades terapéuticas del contacto con animales quien es terminante al respecto: ”Es ficticio creer que un perro nos enseña algo, tanto a nosotros como a nuestros hijos. La información que nos hace cambiar se imparte con palabras, y el perro no tiene palabras. No estoy diciendo que el perro no puede ser un estímulo para entender.(…) Sin embargo esta enseñanza se consigue cuando el estímulo se traduce en palabras. El perro no enseña responsabilidad a un niño; los padres le enseñan responsabilidad utilizando al perro como un estímulo o como una recompensa. Un perro no enseña a un niño lo que es la muerte, el perro se muere. El niño se siente triste y aprende mediante charlas la traducción de la experiencia en palabras. El perro puede excitar o proporcionar imágenes que estimulan el aprendizaje, pero el perro no enseña nada, excepto los simples juegos que uno aprende a jugar con ellos”
Si bien los animales no pretenden enseñar nada se puede aprender de ellos, incluso mucho más que simples juegos. Siempre y cuando no los sobrecarguemos con nuestras expectativas y evitemos convertirlos en un ilusorio refugio ante un descreimiento en lo humano o en tapón para nuestras angustias. Regalar a un perro a un niño que perdió un ser querido puede aliviarlo y alegrar su vida, pero no le ahorra el trabajo de duelo. Por sí sólos los animales son fuente de posibilidades y efectos. Pero para convertir estas vivencias en experiencias enriquecedoras, en fuentes de subjetivación hace falta una palabra que, en sintonía con lo vivido y sin pretender agotarlo, lo haga apropiable. Aún en el caso de los caballos que inducen un estímulo corporal intensísimo en quienes practican equino o hipoterapia, sólo la presencia y las intervenciones de los equipos interdisciplinarios que sostienen estos dispositivos convierten lo estimulante y provocador de una vivencia en una experiencia con efectos terapéuticos o rehabilitadores.
Un primer grupo de experiencias reciben el nombre de “terapias asistidas con animales.” En inglés la denominación más aceptada es terapia facilitada por animales, cuya sigla es AFT. Se desarrollan en marcos institucionales y son sostenidas por equipos interdisciplinarios. Los animales son en ellas agentes y mediadores de efectos y afectos. Caballos y perros son los más frecuentemente empleados. Ejemplos de estos dispositivos son el Servicio del Hospital Pedro de Elizalde o la Fundación Establo Terapéutico.
Además de su lugar en las terapias asistidas, los animales cumplen un rol fundamental en diversos dispositivos que favorecen la reinserción social a través del aprendizaje y el trabajo en medios educativos o laborales. Tal es el caso de las granjas terapéuticas como la Asociación de Padres de Niños Aislados, la Estación de Cría Animales Silvestres o el Programa Cuidar-Cuidando que se realiza en el Zoo.
Un tercer tipo de experiencias surge de lo que hemos llamado “función social de los animales”. Ellas se fundan en los efectos de su compañía en pacientes psiquiátricos, deprimidos o convalecientes de enfermedades graves. En EEUU hay numerosas experiencias en instituciones para ancianos e incluso en prisiones con muy variados resultados. Dentro de las funciones sociales está también la de los lazarillos o los perros que participan de tareas de rescate.
Freud decía que el hombre era un animal protésico. Que sólo a través de sus creaciones podía conectarse con el mundo que lo rodea. Los perros lazarillos son ejemplo de animales cubriendo funciones humanas ausentes. Pero hay una importante diferencia entre este lugar de complemento, de lo ausente y necesario, de la función de suplemento que cumplen los animales en las terapias asistidas, en las situaciones donde acompañan o en los dispositivos de resocialización como las granjas o el zoo. Ellos reemplazan algo faltante (cercanía humana u oferta lúdica por ejemplo), pero además agregan a ese lazo social mucho más que lo ausente. Van más allá de tapar una carencia, aportan algo nuevo que enriquece la vida de quienes entran en contacto con ellos.
Por ahora en tanto psicoanalista entiendo que su pregnancia actual esta relacionada con un mundo, el urbano post-moderno que mayoritariamente habitamos, donde las posibilidades de hacer experiencia van siendo expropiadas y donde la nota singular de cada quien no suele hallar pentagramas donde inscribirse. En él, los animales aún ofrecen la posibilidad de un modo de contacto “fuera de serie”. Matriz posible de una experiencia singular si, extrayendo alguna lección del graffitti del epígrafe, favorecemos una apropiación no tecnocrática de lo vivido. El encuentro con un animal no es una entrevista.

Meter el perro

El contacto con animales debería respetar gustos e individualidades. No se trata de una indicación universal. Tampoco es cuestión de imponerles el zoo, la granja o los caballos. No hay tal cosa como “perroterapia”. Sólo si los niños o jóvenes desean estar con animales y si ellos representan algo significativo para su subjetividad el contacto con fieras, reptiles o mascotas será eficaz. No es una “técnica” ni se puede pautar en general. No es en serie. Claro que se puede seleccionar y entrenar perros o caballos para favorecer el contacto y limitar el riesgo. Pero la idea no es poner de modo esquemático y standarizado a los autistas con conejos o a los revoltosos con tortugas. Se trata de respetar a rajatabla la singularidad de cada quien. Y de respetar al animal en tanto alteridad. Esto les posibilita ser protagonistas de una experiencia de la que pueden apropiarse.
Un ejemplo puede facilitar la comprensión de este planteo. En un Jardín de Infantes de Boudeaux, Francia, se incluyeron animales en la actividad cotidiana de los niños. Un perro y un gatito favorecieron el aprendizaje de algunas palabras en niños con dificultades en su comunicación. Entre ellos se encontraba Betsabé, una niña de tres años y medio que padecía de un cuadro marcadamente autista para quien estos animales no fueron estímulo alguno. A pesar de todas las incitaciones la niña sólo se conectaba con objetos, no miraba a los ojos a ninguno de los niños o docentes y emitía sólo sonidos ininteligibles. Un día, de manera casual, una paloma emprende el vuelo delante de sus ojos. Alguien advierte una reacción en ella y la filma. Betsabé sonrió durante los momentos en que siguió con su vista el vuelo de la paloma. Comenzó a imitar el aleteo, se ruborizó y comenzó a emitir sonidos diferentes con intención de comunicarse con el ave. A partir de ese momento empezó a mirarla, a hacerle caricias y la besó. Esto la llevó a registrar al perro a quien también, recién ahora, intentó acariciar. Un profesor comenzó a acompañar este proceso en el que ella despuntó un enorme interés por imitar los gorjeos y por cantar. Betsabé depuró sus onomatopeyas, comenzó a hablar, y participó de una actividad grupal con otros chicos a quienes saludaba con un beso. Poco después dijo, por primera vez “mami”.
La coordinadora de este proyecto, Ange Condoret, respetó los tiempos y afinidades de la niña y esperó que en ella se despertara, azarosamente, una curiosidad hasta entonces ausente. De la relación con lo inanimado Betsabé pudo aventurarse al contacto con lo vivo y de allí, con la mediación de las intervenciones y las palabras de otros, a configurar una experiencia y un deseo de hablar.
El lazo que establecen los chicos con los animales no sigue los patrones de otros vínculos. Si se crean condiciones, ese contacto abre grietas, derrite corazas y derriba murallas. Entre ambos surge un mundo enormemente enriquecedor para un chico con serias dificultades en la conexión con otros. A través de ese lazo “fuera de serie” pueden entrar en contacto, curiosidad mediante, con eso otro, también suyo, puesto allí. Y permitir entonces el ingreso de lo rechazado, descifrarlo, admitirlo como propio, producir algo nuevo y ponerle palabras al gruñido o al silencio.
Los dibujos de Tomás, un niño con Sindrome de Asperger atendido por los colegas Casa Cuna ilustran lo que pretendo transmitir . En un primer garabato una especie de denso espiral, como una muralla, rodeaba un gran centro hueco, en blanco. Un año después, luego de estar en contacto con Key, la perrita con la que cuentan en el dispositivo, el centro de un segundo dibujo realizado sobre una matriz semejante está ocupado por una regordeta y peluda silueta de su nueva amiga. A su alrededor se arremolinan personajes familiares y una casita. Key paso a ocupar ese lugar antes vacío como efecto de una colosal supresión de afectos y palabras.
Bruno Bettelheim describió el autismo como una “fortaleza vacía”. Key fue el “caballo de Troya” con el que el equipo pudo desembarcar en el acorazado mundo de Tomás y, desde allí, criteriosamente, plasmar intervenciones que lo ayuden a diseñar nuevos modos de lazo social con otros y de intimidad consigo mismo.
Las prácticas con animales incorporan nuevos espacios comunitarios y nuevos “personajes” (cuidadores y animales) al campo de la salud mental, sin que debamos pretender por ello anexarlos a nuestros dominios. Porque en tal caso dejarían de ser un afuera, y el proceso allí desplegado quedaría entonces teñido de ortopedia. Allí tratamos, que re-socializar no se convierta en domesticar. Para eso es esencial que la experiencia transcurra en un espacio público, exogámico, no en uno doméstico. Y que en él los niños y jovenes no sean posicionados como pacientes, sino como aprendices de un nuevo “oficio”, el de cuidar a otros, el de cuidarse en otros. Si este aprehender es impulsado por la curiosidad y no por la obligación, si en lugar de funcionar en serie, respeta la singularidad, aunque se trabaje en grupo, entonces esa inserción, que corre el riesgo de todo injerto, puede prender. Hasta retoñar. Y con ese nuevo bagaje los niños y jóvenes podrán encontrar un nuevo lugar en la historia y encontrarse, en alguna esquina del futuro, en mejores condiciones de conjurar los fantasmas del pasado y animarse a conjugar el porvenir.
Leibniz decía que vivimos sólo en el más probable de los mundos posibles. Crear otros mundos no es tarea de magos. Supone el arduo trabajo de ir en contra de las probabilidades y a favor de las posibilidades. Tarea que entraña una ética. Alain Badiou la plantea para la psiquiatría pero la creo extensible a todos quienes nos ocupamos del sufrimiento humano: “La enfermedad es una situación. La posición ética no renunciará jamás a buscar en esa situación una posibilidad hasta entonces inadvertida. Aunque esa posibilidad sea ínfima. Lo ético es movilizar para activar esa posibilidad minúscula, todos los medios intelectuales y técnicos disponibles. Sólo hay ética si el psiquiatra, día tras día, confrontado a las apariencias de lo imposible, no deja de ser un creador de posibilidades.”
Muchas veces los animales contribuyen a ello.

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